En Nueva York

Heme en Nueva York, la capital fabulosamente prosaica del automatismo capitalista, en cuyas calles reina la teoría estética del cubismo y en cuyos corazones se entroniza la filosofía moral del dólar. Nueva York me impone como la expresión más perfecta del espíritu contemporáneo.
Acerca de mi vida circulan en los Estados Unidos, al parecer, leyendas para todos los gustos. En Noruega, donde sólo estuve de paso, hubo algún periodista ingenioso que contó que me ganaba la vida limpiando bacalao; en Nueva York, donde pasé dos meses, la Prensa me descubrió una serie de oficios, a cual más pintoresco. Si recogiese aquí todas las aventuras que me atribuyeron los periódicos norteamericanos, estoy seguro de que mi biografía ganaría mucho en amenidad. Pero, no tengo más remedio que decepcionar, y lo siento mucho, a mis lectores yanquis. La única profesión a que me dediqué en Nueva York fué la de socialista revolucionario. Una profesión que, antes de declararse la guerra democrática y "liberadora", no se consideraba en los Estados Unidos más criminal que la de un contrabandista de alcohol. Mi ocupación consistía en escribir artículos, redactar un periódico y hablar en mítines obreros. Estaba acosado de trabajo y me encontraba muy bien en los Estados Unidos. Me pasaba largas horas en la Biblioteca, estudiando la vida económica del país. Las cifras de la exportación norteamericana durante la guerra, en creciente ascenso, me dejaron asombrado. Para mí eran una revelación. Aquellas cifras, no sólo auguraban la intervención de los Estados Unidos en la guerra, sino el papel decisivo que le estaba reservado a esta nación cuando la guerra terminase. Acerca de este tema escribí inmediatamente una serie de artículos y di varias conferencias. Desde entonces, el problema de "Norteamérica y Europa" quedó inscrito para siempre entre las cuestiones que solicitan mi interés predilecto. De este problema sigo ocupándome con gran empeño y creo que algún día podré dedicarle un libro. No hay ningún tema que tenga más importancia, para quien se esfuerce por comprender el destino que le está reservado a la humanidad.
Al día siguiente de llegar a Nueva York, escribí en el Novii Myr ("El Nuevo Mundo"), un periódico ruso, lo siguiente:
"He salido de aquella Europa empapada de sangre con una gran fe en la revolución que se acerca, y he pisado la tierra de este Nuevo Mundo, ya harto envejecido, sin la menor ilusión "democrática". Y diez días después, en el mitin internacional "de salutación", dije:
"El hecho económico de importancia capital consiste en que, mientras Europa está demoliendo las bases de su Economía, Norteamérica se enriquece. Y yo, que no he dejado todavía de considerarme como un europeo, me pregunto, contemplando con envidia esta ciudad de Nueva York: ¿Lo resistirá Europa? ¿No se convertirá en un cementerio? ¿No se desplazará a Norteamérica el centro de gravedad del mundo, en lo económico y lo cultural?" Es un problema que sigue teniendo su importancia, por mucho que entre tanto se haya "estabilizado", según se dice, Europa.
Di unas cuantas conferencias en ruso y en alemán en varias partes de Nueva York, en Filadelfia y en otras ciudades cercanas. Entonces, andaba todavía peor de inglés que hoy, de modo que me era absolutamente imposible ni acordarme de hablar en público empleando este idioma. Digo esto porque se ha hablado con bastante insistencia de los discursos pronunciados por mí en inglés en Nueva York. (No hace aún muchos días que el redactor de un periódico de Constantinopla me describía uno de aquellos pretendidos discursos míos, a que aseguraba haber asistido, siendo estudiante en Norteamérica. Confieso que no tuve valor para decirle que se trataba de una ofuscación. Alentado por mi silencio, nada tiene de extraño que registrase sus "recuerdos" por escrito en el periódico.)
Alquilamos un cuarto en un barrio obrero y tomamos los muebles a plazos. El cuarto nos costaba diez y ocho dólares al mes y tenía una serie de comodidades inconcebibles para un europeo: luz eléctrica, cocina de gas, cuarto de baño, teléfono, montacargas automático para los víveres y otro para bajar el cubo de la basura. Todo esto conquistó en seguida para Nueva York la simpatía de nuestros muchachos. Durante algún tiempo, el teléfono fué el centro de su actividad. Ni en Viena ni en París habíamos tenido en casa este artefacto guerrero,
El "genitory" o portero de la casa en que vivíamos era un negro. Mi mujer le pagó por adelantado la renta de tres meses, pero sin que le entregase el recibo reglamentario, pues el casero se había llevado el día antes el talonario para revisarlo. Al ir a instalarnos al cuarto dos días después, nos encontramos con que el negro se había fugado, llevándose las rentas de unos cuantos inquilinos. Además del dinero, le habíamos dado a guardar algunas cosas. Aquello nos tenía preocupados. Mal empezábamos. Pero resultó que nuestras cosas seguían allí. Y cuando abrimos el cajón de la loza, ¡cuál no fué nuestra sorpresa al encontrarnos con el dinero de la renta cuidadosamente envuelto en un papelito! El portero se había llevado solamente los dólares de los inquilinos que estaban en posesión del recibo correspondiente. Por lo visto, el negro aquel no, sentía la menor compasión hacia el casero, pero no quería causar daño alguno a los inquilinos. ¡Era un hombre magnífico, no hay duda! Tanto mi mujer como yo nos sentimos profundamente conmovidos por su delicadeza y guardemos de él un recuerdo muy grato. Esta pequeña aventura se me antojaba a mí que tenía una importancia sintomática bastante grande. Desde el primer momento, ponía al descubierto ante mis ojos un rinconcito del famoso problema "negro" de Norteamérica.
Por aquellos días, los Estados Unidos se estaban preparando con el mayor empeño para intervenir en la guerra. Y los que más contribuían a ello-como siempre ocurre-eran los pacifistas. Aquellos vulgares discursos cantando las ventajas de la paz sobre la guerra, acababan siempre con la misma tonada: con la promesa de sostener la causa de la guerra, si resultara ser "inevitable". Era el sentido que imprimía Bryan a la campaña de agitación. Los socialistas hacían coro a los pacifistas. Ya se sabe que, para los pacifistas, la guerra sólo es un enemigo contra el que hay que combatir, en tiempos de paz. Cuando Alemania declaró la guerra submarina sin cuartel, comenzaron a acumularse en todas las estaciones y puertos de la costa oriental de los Estados Unidos montañas de pertrechos de guerra que obstruían el tráfico ferroviario. Las subsistencias empezaron a subir de precio, dando un gran salto, y la rica ciudad de Nueva York presenció el espectáculo de miles y miles de mujeres y de madres que se lanzaban a la calle, derribando los cestos de las tiendas y saqueando los puestos de comestibles. ¿Si esto sucedía entonces allí qué no sería en el mundo entero después de la guerra?, me decía yo para mí y decía a otros.
El día 3 de febrero se declaró la tan esperada ruptura de relaciones diplomáticos con Alemania. Las charangas patrioteras llenaban el aire con sus instrumentos, cada día más ruidosos. Las voces atenoradas de los pacifistas y las voces de falsete de los socialistas no rompían la armonía patriótica. Para mí, aquel espectáculo no era nuevo, pues ya lo había presenciado en Europa, y la movilización del patriotismo norteamericano no hacía más que repetir la historia consabida. Me limité a registrar las etapas del proceso en el periódico ruso que publicábamos y medité acerca de la estupidez humana, que aprende con una lentitud tan insoportable.
Por la ventana del cuarto en que teníamos la Redacción observé el siguiente cuadro: Un hombre viejo, con los ojos legañosos y una barba canosa y descuidada, se paró delante de una caja de latón llena de basura y se puso a revolver hasta que encontró un pedazo de pan. El viejo intentó partir el trozo de pan con las manos, se lo llevó a la boca, lo sacudió varias veces contra la caja de latón. Todo fué inútil; el pan estaba duro como una piedra. En vista de esto, el pobre hombre, medio asustado y medio avergonzado, miró si le veían, se guardó el botín debajo de la parduzca chaqueta y siguió su camino cojeando, calle de San Marcos abajo... Esta pequeña escena ocurría el día 2 de marzo de 1917. El sucedido no alteró en lo más mínimo los planes de la clase gobernante. La guerra tenía que estallar inevitablemente y los pacifistas no tenían más remedio que hacer lo que estuviese de su parte por ayudarla.
Una de las primeras personas con quien nos encontramos en Nueva York fué Bujarin, a quien acababan de expulsar de la península escandinava. Bujarin, que conocía a mi familia ya desde los tiempos de Viena, vino a saludarnos con ese entusiasmo infantil que le es peculiar. A pesar de que era ya tarde y de que estábamos muy cansados, hubo de llevarnos, a mi mujer y a mí, el mismo día de nuestra llegada, a que viéramos una biblioteca pública. Desde aquellos días en que trabajamos juntos, en Nueva York, Bujarin sintió por mí un afecto rendido, que fué constantemente en aumento, hasta llegar a su apogeo, en el año 1923. La cualidad característica de este hombre consiste en necesitar de alguien en quien apoyarse, a quien sentirse afecto, adherido. Tan pronto como se siente unido a una persona, Bujarin no es más que el "medium", a través del cual esta persona habla u obra. Pero con este género de individuos hay que tener mucho cuidado, pues en cuarto uno se descuida un poco, sin que ellos mismos lo adviertan, caen bajo el influjo antagónico de otra persona, al modo como otros caen fa-talmente debajo de un automóvil, y empiezan a calumniar a su antiguo semidiós con el mismo entusiasmo pasional con que antes le elevaran a los altares. Yo no tomé nunca muy en serio a Bujarin le dejé siempre entregado a sí mismo... que tanto valía como dejarle... a merced de los demás. Después de morir Lenin, sirvió de "medium" a Zinovief y más tarde a Stalin. A la hora de escribir estas líxieas, Bujarin está atravesando una nueva crisis y un nuevo, flúido, desconocido aún para mí, le invade.
En los Estados Unidos vivía también, por aquel entonces, la Kolontay. La vi muy pocas veces, pues andaba siempre de viaje. Durante la guerra, esta mujer evolucionó bruscamente hacia la izquierda y se pasó de las filas de los mencheviques al ala extrema bolchevista. Sus grandes conocimientos lingüísticos y su temperamento hacían de ella una magnífica agitadora. Pero en el campo teórico, sus ideas fueron siempre confusas. En aquellos días de Nueva York, nada le parecía bastante revolucionario. Mantenía correspondencia con Lenin y le informaba, quebrando los hechos y las ideas a través de su prisma izquierdista de entonces, de lo que ocurría en Norteamérica, entre otras cosas acerca de mis actividades. En las contestaciones de Lenin, puede percibiese un eco de estos informes, marcadamente tendenciosos. Al llegar la hora de la campaña contra mí, los epígonos no vacilaron en acogerse a aquellos juicios de Lenin mal orientados y de que él mismo se había desdicho más tarde con palabras y con hechos. Una vez en Rusia, la Kolontay se situó desde el primer día, en la oposición ultraizquierdista, no sólo frente a mí, sino frente a Lenin. Se hartó de escribir contra el "régimen de Lenin y Trotsky" para entregarse luego al régimen de Stalin con una sumisión conmovedora.
El partido socialista norteamericano se había quedado rezagadísimo ideológicamente, hasta el punto de estar aún por debajo del socialpatriotismo europeo. La soberbia con que la Prensa americana, todavía neutral a la sazón, hablaba de la "locura" de Europa, trascendía también a los juicios de los socialistas de aquel país. Gentes, como Hillquit propendían a adoptar la postura del buen tío socialista, norteamericano, que, llegado el momento oportuno, vendría a Europa a reconciliar paternalmente la familia desavenida de la Segunda, Internacional. Todavía es hoy el día en que no acierto a recordar sin una cierta sonrisa a los caudillos del socialismo norteamericano. Eran todos ellos emigrados, que en sus años mozos habían tenido algún prestigio en Europa y que, obligados a luchar allí por el éxito, olvidaron rápidamente el bagaje teórico que llevaban encima. En los Estados Unidos hay una gran cantidad de médicos, ingenieros, abogados, dentistas, etc., unos prósperos y otros camino de la prosperidad, que comparten sus horas de ocio entre los conciertos de celebridades europeas y los asuntos del partido socialista. Toda su ideología se compone de los retazos y jirones de la cultura recogida en los años estudiantiles. Y como, además, todos tienen su automóvil propio, es fatal que los elijan para formar los comités, comisiones y delegaciones, a cuyo cargo corre la dirección del partido. Este público infatuado es el que infunde su espíritu al socialismo de Norteamérica. Para ellos, Wilson era una autoridad incomparablemente superior a Carlos Marx. En el fondo, no son más que variantes de ese Míster Babbit, que gusta de completar el "negocio" con sus insolentes meditaciones dominicales acerca del porvenir de la humanidad. Esta gente vive repartida en pequeños clans nacionales, en que la solidaridad de la idea sirve, ante todo, de pabellón para cubrir la mercancía de las relaciones comerciales. Cada clan de éstos tiene su caudillo, que generalmente es el Babbit más adinerado. Todas las ideas se encuentran en ellas comprensión y tolerancia, siempre y cuando que no minen su autoridad, tradicional ni amenacen-¡Dios nos libre!-su personal bienestar. El más Babbit de todos aquellos Babbits era Hillquit, caudillo socialista ideal de los dentistas florecientes de Norteamérica.
Bastó que entrase en contacto con estos hombres para que se despertase en ellos un odio terrible contra mí. Mis sentimientos respecto a ellos, aunque acaso fuesen más serenos, no se distinguían tampoco por la simpatía. Pertenecíamos a dos mundos distintos. A mis ojos, ellos representaban la parte más podrida de aquel muñidor contra el que luchaba y sigo luchando.
El viejo Eugenio Debbs, se destacaba reciamente sobre el fondo de la antigua generación, por aquella llamita interior de idealismo socialista que no se resignaba a extinguirse. Debbs, que era un revolucionario sincero, aunque de temperamento romántico y predicador, y que no tenía absolutamente nada de político ni de jefe, dejábase llevar por la influencia de personas inferiores a él en todo. La principal habilidad de Hillquit consistía en retener en su ala izquierda a Debbs, sin romper las relaciones comerciales con Gompers. Personalmente, Debbs producía una impresión encantadora. Siempre que nos encontrábamos, me abrazaba y me besaba y téngase en cuenta, para comprender lo que esto significaba, que aquel viejo no se contaba entre los "secos"... Cuando los Babbits me declararon el bloqueo, Debbs no se sumó a los sitiadores, sino que se mantuvo, apenado y triste en estado de neutralidad.
Entré desde el primer día en la redacción del Novii Myr, donde trabajaban ya, además de Bujarin, Wolodarski-a quien luego habían de asesinar los socialrevolucionarios cerca de Petrogrado-y Tchudnovsky, herido en Petrogrado y asesinado luego en Ukrania. Nuestro periódico era el centro de la propaganda internacionalista revolucionaria. En todas las federaciones nacionales del partido socialista había colaboradores que conocían el ruso. Muchos de los colaboradores de la federación rusa hablaban inglés. Por este cauce, las ideas del Novii Myr penetraban en las cajas del obrerismo americano. Los mandarines del socialismo oficial comenzaron a sentir miedo. Empezaron a desatarse las furiosas intrigas de los grupos contra el intruso europeo, que apenas acababa de pisar el suelo yanqui, sin conocer la psicología del país ni al obrero americano, quería imponer a todo trance sus fantásticos métodos. Comenzó a librarse una lucha reñidísima. En la federación rusa iban pasando a segundo término los Babbits más "expertos" y "cargados de méritos". En la federación alemana, el viejo Schlüter, redactor-jefe de la Gaceta Obrera y hermano de armas de Hillquit empezaba a sentirse desplazado por Lore, un redactor joven, amigo nuestro. Los letones estaban plenamente identificados con nosotros. La federación finlandesa se inclinaba a nuestro lado. En la potente federación judía, con su palacio de catorce pisos, del que salían diariamente doscientos mil ejemplares de un periódico, el Vorwärts, nadando en el espíritu apestoso de ese socialismo mezquinamente burgués y sentimental presto siempre a las peores zancadillas, nuestra causa hacía también grandes progresos. Entre la masa obrera estrictamente americana, no eran grandes el predicamento y la influencia del partido socialista en general ni los de nuestra ala revolucionaria en particular. El órgano del partido, The Call, tenía una vacua orientación de neutralidad pacifista. En vista de esto, acordamos fundar una revista semanal que había de profesar la doctrina marxista activa. Los trabajos preparatorios iban por buen camino, aunque hubieron de ser interrumpidos pronto por la revolución rusa.
Después de un silencio misterioso del telégrafo, que duró unos dos o tres días, empezaron a llegar las primeras noticias de los sucesos de Petrogrado, noticias confusas y caóticas. Una emoción vivísima se adueñó del pueblo obrero de Nueva York, formado por tantas razas. La gente quería, y a la vez temía, esperar. La Prensa americana estaba en la más lamentable desorientación. De todas partes afluían a la Redacción del Novii Myr periodistas, interviuvadores, informadores, repórters. Durante algunos días, nuestro periódico fué el blanco de la expectación de toda la Prensa neoyorquina. De las redacciones y organizaciones socialistas nos estaban telefoneando a cada momento.
-Acaba de recibirse un telegrama, diciendo que en Petrogrado se ha constituido un Gabinete formado por Gutchkof y Miliukof. ¿Qué significa esto?
-Pues que mañana tendremos otro Gabinete formado por Miliukof y Kerenski.
-Bien, ¿y eso qué quiere decir?
-Que luego subiremos al Poder nosotros.
-¡Hombre!
Diálogos como éste se repitieron por docenas. Casi todo el mundo echaba mis palabras a broma. En una asamblea a que acudieron los venerables y venerabilísimos socialdemócratas rusos, hablé, para demostrar que era inevitable, que el partido del proletariado se adueñase del Poder en la segunda etapa de la revolución. Aquello produjo aproximadamente el efecto que supongo yo que- produciría una piedra que se lanzase a una charca poblada de ranas Temáticas y bien educadas. El doctor Ingerman no pudo menos de explicar a la concurrencia que yo era un hombre que ignoraba las cuatro reglas elementales de la Aritmética, y que no merecía la pena perder ni siquiera cinco minutos en refutar aquellas alucinaciones febriles mías.
Pero las masas obreras adoptaban otra actitud ante las perspectivas de la revolución. En todos los barrios de Nueva York se celebraron mítines, extraordinarios por la concurrencia y el espíritu que los animaba. La noticia de que en el Palacio de Invierno ondeaba la bandera roja, producía en las masas un júbilo enorme. A aquellos mítines acudían a gozar de los destellos del entusiasmo revolucionario, no sólo los emigrados rusos, sino sus hijos, muchos de los cuales tenían perdida ya la lengua materna.
Yo pasaba muy poco tiempo en el seno de la familia. En mi casa, la vida seguía sus propios derroteros. Mi mujer arreglaba su hogar. Los niños hacíanse nuevas amistades. El amigo más importante que se habían conseguido era el chofer del doctor M. La mujer de este médico se había hecho amiga de mi mujer, sacaba a los niños a pasear en su automóvil y estaba siempre muy amable con ellos. Pero ella, en realidad, no era más que un simple mortal.
En cambio, el chofer era un mago, un titán, un superhombre, a cuyas manos obedecía el automóvil. ¿Qué dicha mayor podía apetecerse que ir sentados en la delantera, al lado de él? Y si, por si acaso, se detenían para entrar en una pastelería, los muchachos, ofendidos, tiraban de las faldas de su madre para preguntarle:
-¿Por qué no viene también el chofer?
La capacidad de adaptación de los chicos es inmensa. Como en Viena habíamos vivido casi siempre en un barrio obrero, los muchachos hablaban, además del ruso y el alemán, el dialecto vienés. El doctor Alfredo Adler, solía decir de ellos, encantado de oírlos, que hablaban vienés como un viejo cochero de punto. En la escuela de Zurich, hubieron de pasarse al dialecto zuriqués, sobre que versa la enseñanza de la lengua en los primeros cursos, pues el alemán lo enseñan como si se tratase de un idioma extranjero. En París abrazaron, en brusca transición, el francés. Al cabo de pocos meses, dominaban perfectamente este idioma. ¡Cuántas veces no les envidié yo la soltura con que lo hablaban! En España, y a bordo del barco español, no pasaron, en junto, un mes; pero les bastó para equiparse con las palabras y los giros más usuales. Por fin, después de asistir dos meses a una escuela de Nueva York, se soltaron a hablar inglés sin tropiezo alguno. Después de la revolución de Febrero, empezaron a asistir a una escuela de Petrogrado. En aquellos tiempos, la vida escolar dejaba mucho que desear. Los idiomas extranjeros huyeron de su memoria en menos tiempo aún del que habían necesitado para aprenderlos. En cambio, el ruso lo hablaban como extranjeros. Muchas veces descubríamos, asombrados, que su sintaxis rusa era una traducción perfecta de la francesa. Sin embargo, les hubiera sido imposible construir las oraciones en francés. Así, en el cerebro de los chicos fué quedando dibujada, como en un palimpsesto, la historia de nuestras peregrinaciones por el extranjero.
Cuando telefoneé a mi mujer desde la Redacción del periódico, que había estallado la revolución en Petrogrado, el niño pequeño estaba en cama enfermo de la difteria. Tenía nueve años, pero ya sabía perfectamente que la revolución significaba, para nosotros, la amnistía, el regreso a Rusia y mil cosas más, a cual mejor. Al llegar la buena nueva, se puso en pie y empez6 a dar brincos en la cama paya celebrarla. Aquello era, además, señal de que empezaba a estar bueno. Nos apresuramos a prepararlo todo para salir en el primer vapor. Corrí a los Consulados a despachar los papeles y visados de los pasaportes. El médico dió de alta al niño el día antes de marchar. Mi mujer le dejó bajar a la calle un momento, mientras arreglaba el equipaje. ¡Cuántas veces había hecho ya la misma operación en nuestro largo peregrinar! Pero el chico no volvía. Yo estaba en la redacción del periódico. Pasaron tres horas mortales, al cabo de las cuales sonó el teléfono de nuestro cuarto. Primero oyóse una voz desconocida de hombre y luego la voz de Sergioska, diciendo: -¡Estoy aquí!-"Aquí" quería decir la Comisaría de policía del otro extremo de Nueva York. Resulta que el muchacho había querido resolver, aprovechando aquella salida, una cuestión que le venía torturando desde hacia mucho tiempo; a saber: si realmente existía en Nueva York la calle núm. 1 (nosotros vivíamos, si mal no recuerdo, en la 164). Pero se perdió y empezó a preguntar, hasta que al fin, le llevaron a la Comisaría. Por fortuna, sabía el número de nuestro teléfono. Cuando mi mujer se presentó allí después de una hora de camino, acompañada del chico mayor, la recibieron con afectuosa deferencia, como a visita largamente esperada. Sergioska, todo congestionado, estaba jugando a las damos con un funcionario de la policía. Para ocultar un poco la perplejidad en que le colocaba aquel exceso de expectación administrativa, se había puesto a mascar con sus nuevos amigos la negra goma americana, Gracias a aquella aventura, todavía es hoy el día en que se acuerda perfectamente del número del teléfono de nuestro cuarto de Nueva York.
Decir que en aquellos meses conocí a Nueva York sería una exageraci6ii imperdonable, pues me entregué de lleno, apenas llegar-y pronto estuve de ellos hasta la coronilla-, a los asuntos del socialismo norteamericano. En seguida vino la revolución rusa. De todas maneras, me dió tiempo a conocer el ritmo general de vida de esa cosa monstruosa a que llamamos Nueva York. Volví a Europa con la sensación del hombre que sólo ha podido echar una ojeada a la fragua en que se está forjando el destino de la humanidad. Me consolé pensando que algún día tendría ocasión de volver. Y todavía no me ha abandonado esta esperanza.
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