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Edición electrónica Diciembre 2001 |
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(Tomado de Cuadernos de Revista de América # 1, Julio Agosto 1975, Buenos Aires) |
Todo el movimiento de izquierda coincide en que Portugal es, hoy en día, uno de los principales focos revolucionarios del mundo y, sin lugar a dudas, el eje de la revolución europea. Para muchos de nosotros es, sin vuelta de hoja, el punto más álgido de la lucha de clases a escala internacional.
Este primer acuerdo sobre la importancia actual de la revolución portuguesa deja de ser tal ni bien comenzamos a considerar los problemas que nos plantea. ¿Es una revolución obrera, o popular-democrática? ¿Qué es el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA)? ¿Qué carácter tiene su gobierno? ¿Es inédito o ya conocido por el marxismo? ¿Qué hacer frente al pacto que el MFA ha obligado a firmar a los partidos obreros mayoritarios, el Socialista y el Comunista, por el que éstos le reconocen el derecho a gobernar el país por varios años? ¿Permitimos que la ya elegida Asamblea Constituyente vea así recortadas sus atribuciones soberanas? ¿Defendemos la legalidad de los grupos maoístas proscriptos por el gobierno? ¿Aceptamos que el diario República -empresa privada pero, al mismo tiempo, órgano oficioso del Partido Socialista- deje de editarse como tal por una maniobra conjunta del PC y el MFA -o un sector de él-? ¿Cómo nos definimos frente a la lucha entre el PS y el PC? Y en Angola, la principal ex-colonia portuguesa, ¿qué hacemos con las tropas allí estacionadas ¿Deben quedarse para intervenir en la guerra civil que se ha desatado entre los tres frentes de liberación? ¿O deben retirarse y dejar que el FLNA -ligado al Zaire- pueda derrotar al MPLA -oportunista, ligado al PC y dispuesto a pactar con el gobierno y el imperialismo portugueses-? Diversas las respuestas que han tenido éstas y otras preguntas de tanta o menor importancia.
El movimiento trotskista mundial no es una excepción. Dentro de sus filas se viene discutiendo extensamente y dando diferentes respuestas a estos interrogantes. Los artículos que publicamos en este número de Revista de América (de Gus Horowitz, Livio Maitan, Ernest Mandel, Andrés Romero y Fernando Sousa), así como el editorial de Rouge acerca del diario República, son aportes a esta polémica, viva pero responsable, que solamente los trotskistas son capaces de desarrollar desde el enfoque de los principios del marxismo revolucionarlo. No concordamos con ellos en su totalidad; por eso hemos creído conveniente escribir este extenso artículo, que no consideramos que constituye una respuesta definitiva, sino un aporte más a la polémica. La distancia, la falta de una documentación exhaustiva, hacen que estemos más abiertos que nunca a modificar nuestros puntos de vista si otros hechos u otras interpretaciones se muestran más acertadas.
Finalmente, una última aclaración. Este artículo fue escrito para el número de Revista de América que tenía que entrar en prensa el 23 de junio pasado. Por esa razón, no he polemizado con el interesante artículo de Mandel, que no había leído. La demora en la impresión del trabajo, nos permitió efectuar correcciones de forma y algunas de fondo, que no alteraron, sin embargo, la línea general del mismo.
Nahuel Moreno Buenos Aires, 10 de julio de 1975
Mientras los lógicos modernos dedican parrafadas a explicar la función de la analogía o comparación, Bacon, varios siglos atrás, se limitó a decir sencillamente: las cosas nuevas en sí mismas serán comprendidas por analogía con las viejas. Los revolucionarios, entre otros métodos, seguimos el consejo del viejo filósofo. Es así como The Militant, decano de los periódicos trotskistas, el 14 de junio de 1974, en un editorial que marca época, poco después del putsch que derribó a Caetano, señalaba que el proceso portugués presenta un paralelo con la revolución rusa. Otro tanto nos dice Gus Horowitz en el artículo que publicamos en este número de Revista de América.
Según el editorial citado, son cinco las similitudes más importantes. La primera consiste en que en Rusia hubo un similar levantamiento de masas, cuya primera consecuencia fue la caída del odiado régimen zarista y un intentó por parte de la burguesía de dar una alternativa al régimen para mantener el capitalismo.
La segunda, es que hubo una similar traición a las masas por parte del partido mayoritario del movimiento obrero, los mencheviques, quienes apoyaron la alternativa burguesa al zarismo . Ellos, al igual que los stalinistas portugueses de hoy día, entraron como ministros al gobierno de coalición nacional y, con el pretexto de que había que consolidar la presente etapa democrática de la revolución, decían a los obreros que postergaran sus demandas.
La tercera similitud radica en la urgente necesidad para las magas de terminar con la guerra, imperialista en Rusia, colonial en Portugal.
La cuarta, en el sentimiento en favor de la unidad y el gobierno obrero, contra los ministros burgueses y el ,gobierno de coalición.
La quinta, por último, es la tendencia de los obreros rusos... a organizar amplios consejos (la palabra rusa es soviets) puesto que, ya los obreros portugueses han dado algunos pasos en esa dirección.
Creemos un acierto la comparación de The Militant-Horowitz, aunque con dos limitaciones: no profundizan las similitudes, ni señalan las diferencias.
En primer lugar, concordamos en que ambas revoluciones son producto de un levantamiento de masas y que en ambos casos la burguesía intentó un cambio de régimen para mantener el capitalismo. Pero lo sorprendente -permítasenos esta nota de humor- sería lo contrario: que hubiera una revolución que no fuera producto de un levantamiento de masas y donde la burguesía no intentara conservar el poder a través de un cambio de régimen. Estas son características comunes a cualquier proceso revolucionario. Pero The Militant no señala las importantes diferencias entre el levantamiento de masas portugués y el ruso. El motor de la revolución rusa de febrero de 1917 fue el movimiento obrero y su centro geográfico las ciudades, de donde irradió hacia la periferia;.fue, por su dinámica de clase, una revolución obrera que entregó el poder a la burguesía. La portuguesa, en cambio, fue consecuencia directa de la revolución colonial, pequeño burguesa y periférica, que repercutió en los centros y las masas urbanas metropolitanas e inmediatamente se transformó en obrera.
A la segunda analogía -la comparación entre la traición de los mencheviques rusos y la de los partidos obreros mayoritarios portugueses- no hay nada que objetar. Salvo un detalle cuyas consecuencias veremos más adelante: los redactores de The Militant no nombran ni incluyen en su analogía al otro partido de masas de la revolución rusa: los socialistas revolucionarios.
La tercera similitud es un acierto en toda la línea. La necesidad de terminar con la guerra fue de suma urgencia para las masas, tanto en Rusia embarcada en su guerra ínter imperialista, como en Portugal comprometido en su guerra colonial. Le faltaría agregar a The Militant que la consecuencia de ambas guerras fue una, aguda crisis de ambos ejércitos, de los soportes últimos del estado burgués-, crisis que fue producto de sucesivas derrotas. Y, además, le faltó decir que no es lo mismo ser derrotado por otro ejército imperialista que por diez años de guerra colonial revolucionaria.
Sobre la cuarta comparación, relativa a los sentimientos de los obreros rusos y portugueses a favor de la unidad de clase y contra el gobierno de coalición, sólo queremos agregar que dichos sentimientos tienen en Portugal, en un sentido más facilidades y en otro menos que en Rusia para expresarse. Más, porque en Portugal los partidos Socialista y Comunista, al igual que el MFA, son relativamente improvisados y no largamente estructurados e insertados en la conciencia de los obreros y las masas, como lo fueron los mencheviques y los social-revolucionarios rusos, partidos construidos durante décadas de actuación política. Menos, porque los obreros portugueses no tienen ante sí un partido revolucionario de larga data y reconocido como el Partido Bolchevique, que fortalezca y organice esos sentimientos.
Finalmente, la quinta analogía sobre los soviets ha estado lejos de cumplirse. Si bien es verdad que The Militant la plantea corno necesidad y subraya que sólo se han dado algunos pasos en esta dirección, desgraciadamente no se han visto confirmadas las esperanzas de todos nosotros. En lugar de soviets se desarrollaron otros métodos y formas más embrionarias y espontáneas de poder obrero y del movimiento de masas. las ocupaciones y las comisiones obreras, de inquilinos y soldados, o sea, comités de fábricas y de otros lugares, pero no soviets. Estos últimos agrupan a todos los obreros y explotados de una zona, vienen a ser coordinadoras de todas las masas explotadas, que practican la democracia directa. Los comités reflejan solamente a los obreros de una fábrica, los inquilinos de un edificio o los soldados de un regimiento, no a todos juntos. Las razones de esto son el sabotaje de los partidos Comunista y Socialista, así como la falta de experiencia del movimiento obrero. Pero entre los soviets rusos y las comisiones portuguesas hay otra diferencia: los soviets se dieron desde el principio centralizados en una organización nacional reconocida por todos. En cambio, las comisiones u ocupaciones portuguesas no están centralizadas ni organizadas a nivel nacional, se han ido formando de manera espontánea, anárquica y atomizada, aunque aparentemente mucho más generalizadas de lo que se cree.
A todas estas similitudes cabe agregar, por lo menos, una más: tanto Rusia como Portugal eran, en sus respectivos momentos, los eslabones más débiles y atrasados de la cadena imperialista mundial, aunque el carácter del atraso portugués sea diferente al ruso.
Como ya anticiparnos, existe un olvido e inexactitud que quizás no sea casual: en el editorial a que nos venimos refiriendo no se menciona al Partido Socialista Revolucionario, conocido también en la historia de la revolución rusa como Social-Revolucionario o eserista. Sin embargo, no es exacto que el partido mayoritario dentro de la clase obrera, y el único que practicó la colaboración de clases, haya sido el menchevique. El Social-Revolucionario fue el gran partido de masas que colaboró con los gobiernos burgueses y de cuyas filas surgió Kerensky, nexo entre la burguesía y las organizaciones de masas. Era un partido típico de toda revolución: reflejaba a las masas en general y a la pequeña burguesía en particular (incluyendo los sectores obreros más, atrasados, que venían del campo y conservaban la mentalidad rural). Fue la expresión de las grandes masas puestas en movimiento por la revolución, acaudilladas por la moderna clase media, sectores intelectuales y profesionales, tecnócratas y burócratas de todo tipo, etcétera, los cuales son la herramienta política más útil para la burguesía imperialista cuando se ve amenazada por una crisis revolucionaria.
El otro partido pequeño burgués, aunque representaba a la clase obrera, era el menchevique, el único que cita The Militant. Por su ideología, programa y dirección era éste un partido pequeño burgués, aunque lo siguiesen obreros. Reflejaba en el seno de la clase obrera la presión de la clase media y el pequeño aburguesamiento de algunos sectores del proletariado. En relación a Portugal, The Militant compara al menchevismo sólo con el stalinismo y se olvida de los socialistas.
Mucho más que estos olvidos nos preocupa la posible razón de ellos. Aparentemente, para nuestros autores, pareciera que en Portugal sólo existen dos clases: la burguesía y el proletariado, ya que jamás nombran a la pequeña burguesía como protagónica del proceso revolucionario o contrarrevolucionario. Y, en consecuencia, ven solamente organizaciones políticas de dos únicas categorías: las de la burguesía imperialista portuguesa y las reformistas que representan al movimiento obrero. Pero esto no es así: el proletariado industrial sólo constituye aproximadamente un tercio de la población económicamente activa. Existe una amplia capa pequeño burguesa, tanto urbana como campesina, frente a la cual el proletariado, aun si sumamos el industrial y agrícola, es minoritario. La pequeña burguesía, como clase y corno representación política del proletariado a través de los partidos reformistas (de ideología y dirección pequeño burguesa), cumple un papel doblemente decisivo en la revolución; no podemos, entonces, ignorarla. Una cosa es señalar correctamente que en ésta, como en todas las revoluciones, existen sólo dos salidas y dos tipos de gobierno: capitalista u obrero. Otra cosa muy distinta -y errónea- es tomar en cuenta solamente a estas dos clases al analizar la revolución y desconocer así la existencia y el papel fundamental de la pequeña burguesía y sus organizaciones políticas.
Tanto -Trotsky como Lenin han insistido repetidamente en este problema. Lenín decía: Es sumamente característico y significativo que, tanto los socialistas revolucionarios como los mencheviques, sin negar esto en principio, y conociendo muy bien el carácter capitalista de la Rusia actual [de 19171 no se atrevan a mirar cuerdamente la verdad cara a cara. Temen reconocer la verdad de que todo país capitalista, Rusia inclusive, se divide básicamente en tres fuerzas fundamentales y principales: la burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado. De la primera y la tercera todos hablan, todos las reconocen. A la segunda -¡que constituye precisamente mayoría por su número! - no la quieren valorar sensatamente ni desde el punto de vista económico, ni político, ni militar. (Obras Completas, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957, Tomo XXV, pág. 193)
Y, remarcando el papel de la pequeña burguesía, señalaba: El hecho de que nuestra revolución haya gastado en vanoseis meses de vacilaciones respecto a la organización del poder, es indiscutible, y está determinado por la política vacilante de los socialistas revolucionarios y de los mencheviques. Pero, a su vez, la política de estos partidos se ha determinado, en última instancia, por la posición de clase de la pequeña burguesía, por su inestabilidad económica en la lucha entre capital y trabajo . (Op. cit., Tomo XXV, pág. 857)
Trotsky, en repetidas oportunidades, dijo lo mismo: Para poder dar una respuesta a la pregunta de cómo la revolución de los obreros y campesinos cedió el poder a la burguesía, hay que empalmar a la cadena política un eslabón intermedio: los demócratas y socialistas pequeño burgueses del tipo de Sujanov, los periodistas y políticos de la nueva clase media que enseñaron a las masas que la burguesía era el enemigo, pero que lo que más temían era libertar a las masas de la férula de ese enemigo. La contradicción entre el carácter de la revolución y el del poder que surgió de ella se explica por las peculiaridades contradictorias del nuevo sector pequeño burgués, situado entre las masas revolucionarias y la burguesía capitalista . (León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Galerna, Buenos Aires, 1972, Tomo 1, pág. 205)
En cada curva del camino histórico, ante cada crisis social, debemos examinar una y otra vez la cuestión de las relaciones mutuas entre las tres clases de la sociedad moderna: la gran burguesía, dirigida por el capital financiero; la pequeña burguesía, que oscila entre ambos campos fundamentales; y, finalmente, el proletariado .- (León Trotsky: La lucha contra el fascismo en Alemania, Ed. Pluma, Buenos Aires, 1973, Tomo I, pág. 18)
Al no ceñirse estrictamente a las advertencias de Lenin y Trotsky con respecto a la pequeña burguesía (o democracia pequeño burguesa, como también la llamaban) The Militant y Horowitz se atan las manos para profundizar aun más la comparación entre ambas revoluciones y explotar hasta el fin su acierto, renunciando a buscar las similitudes entre las, etapas de las dos revoluciones y la ubicación en ellas de la democracia pequeño burguesa.
Para no dar más que un ejemplo, señalemos que el editorial de The Militant no prevé la lucha, sorda primero y abierta después, entre Spínola, representante de la gran burguesía, por un lado, y por el otro, la democracia pequeño burguesa: el MFA y sus aliados del PC y el PS. Y Horowitz, ya ante el hecho consumado de esta lucha, no puede darnos ninguna definición ni comparación de ella que se apoye en un análisis dé clase. Horowitz, un año después de iniciada la revolución portuguesa, renuncia a precisar sus etapas y personajes, limitándose a una descripción de los acontecimientos.
Para nosotros, hasta el último golpe de Spínola, ese paralelo con la revolución rusa se acentúa. Este golpe refleja la contrarrevolución burguesa korniloviana derrotada por la movilización del conjunto del movimiento de masas, incluida la democracia pequeño burguesa portuguesa. Nos parece que Spínola ha combinado, en una sola personalidad, la del príncipe Lvov (titular del primer gobierno provisional en la revolución rusa, abocado a la consolidación de un gobierno de unidad nacional con marcados, rasgos bonapartistas) y la de Kornilov (encargado de liquidar el gobierno kerenskista para instaurar el bonapartismo contrarrevolucionario). Y esto no es una casualidad ya que Lvov simbolizaba la contrarrevolución feudal y Kornilov, la burguesa. Spínola refleja una sola contrarrevolución: la burguesa, ya que en Portugal no hay otra. Así, derrotada la primera posibilidad, Spínola se lanzó a la segunda, en la conspiración y el abortado putsch del 11 de marzo. La revolución portuguesa ya ha derribado a su príncipe Lvov -Spínola en el gobierno- y ha tenido sus jornadas de septiembre, aplastando a su Kornilov -el Spínola del putsch del 11 de marzo-. La única diferencia fundamental está en que los obreros rusos, tras las jornadas de septiembre, tuvieron un partido bolchevique para conducirlos decididamente a la toma del poder; en cambio, los obreros portugueses no lo tienen. Pero, justamente a partir de la jornada de septiembre, el papel de los bolcheviques fue absolutamente determinante en el proceso ulterior de la revolución rusa. Su ausencia en Portugal transforma, a partir de aquí, toda nueva analogía- en una comparación vacía y, por lo tanto, inútil.
Supongamos que no concordamos con esa comparación entre las relaciones y las etapas de la gran burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado en Rusia y Portugal. Si así fuera, se impondría con toda claridad señalar el carácter y las diferencias que tienen en este aspecto ambas revoluciones.
Así como nos ha parecido fructífero comparar la revolución portuguesa, hasta el 11 de marzo de 19745, con la rusa, creemos que para entender la nueva etapa es útil su comparación con la revolución española de los años 30, aunque también debamos marcar algunas diferencias importantes.
Tal cual previó Trotsky en su momento, la revolución española fue muy lenta en relación a la rusa. La actual revolución portuguesa, en cambio, recorrió en un año lo que a la española le llevó cerca de seis. Esto ocurrió porque tanto la rusa como la portuguesa tuvieron en común la crisis del ejército desde los primeros momentos de la revolución, fenómeno que no se dio en la española. Y a este factor se sumó, en Portugal, la falta de organizaciones reformistas fuertemente enraizadas en el movimiento obrero y de masas.
Como ya hemos dicho, para nosotros, antes de cumplirse un año de revolución, se dio en Portugal el clásico golpe korniloviano o franquista: tal es el significado en el calendario portugués de los dos golpes fracasados de Spínola. En sus consecuencias, vuelven a asemejarse las revoluciones rusa y portuguesa: el golpe contrarrevolucionario fracasa y, al hacerlo, acelera la crisis del ejército. En España, en cambio, el triunfo de los primeros días sobre el golpe no se consolidó como consecuencia de la traición del gobierno y de las direcciones obreras. Así, la reacción no se desorganizó e inició la guerra civil. Esta dividió al país en dos campos: en uno dominaba el ejército burgués, ahora fascista; en el otro, en el campo de la República, desaparecieron en un primer momento la policía y el ejército para ser reemplazados por las milicias obreras y antifascistas. De esa manera, el poder dual logró en España un grado de desarrollo (con la desaparición del ejército y el dominio de las milicias, con la expropiación de la mayor parte de las industrias por el movimiento obrero, principalmente en Cataluña, y la toma de tierras por los campesinos, solamente en Aragón) al que no se aproxima Portugal. Pero esta diferencia se ve compensada por la brutal crisis del ejército portugués, que no puede apoyarse -como sí lo hizo Franco con los famosos moros- en las tropas coloniales, y ve nacer en su seno importantes brotes de doble poder, fenómeno que no se dio en el ejército español, el cual no sufrió crisis internas ni fue carcomido por gérmenes de poder dual. Un segundo factor derivado de éste, que también compensa esta diferencia en el desarrollo del poder dual en Portugal y España de los 30 es que, en el primero, la derrota del golpe de Spínola aleja, por un tiempo más, o menos largo, la posibilidad de un nuevo golpe reaccionario.
Pero, pese a todas estas diferencias, las dos revoluciones se parecen en algunos aspectos fundamentales. El primero de ellos es que, tras el golpe contrarrevolucionario, cuando las condiciones objetivas ponen el poder al alcance del proletariado, éste carece de un fuerte partido bolchevique. El segundo aspecto es que sí en España, después del golpe franquista, el principal factor contrarrevolucionario fue el stalinismo en maridaje político con una sombra de la burguesía y los restos de los oficiales del ejército y la policía que quedaron en el campo republicano, similar papel cumple el stalinismo portugués desde el golpe del 11 de marzo, servilmente ligado a esa sombra de burguesía que es Costa Gomes y a la oficialidad izquierdista portuguesa que constituye el MFA.
Estas dos semejanzas anticipan una tercera, que puede ser trágica para el proletariado portugués. Así como hubo un mayo catalán (1937), en que el stalinismo y el gobierno republicano hicieron su propia guerra civil contra el movimiento obrero de aquella provincia española para imponer un gobierno bonapartista, el mayor peligro para los trabajadores portugueses es, en forma inmediata, un similar papel del stalinismo y el MFA portugueses.
Nada demuestra mejor la utilidad de estas analogías y de la discusión teórica para precisar las etapas, que la aparente o real discrepancia con Horowitz sobre el carácter del putsch de Spínola. Pareciera que, para Horowitz, éste no significará la derrota del Kornilov o el Pinochet portugués por un buen tiempo, y que, por lo tanto, seguiríamos en una etapa donde el peligro inmediato para las masas es Spínola o Pinochet, es decir, la contrarrevolución burguesa. Es así como dice, refiriéndose a la política del PC portugués: ¡Cómo recuerda a Chile! Y la lección de Chile indica el peligro que existe en Portugal (Gus Horowitz, Portugal un año después del golpe, ver este número de Revista de América). Nosotros, en cambio, diríamos: ¡Cómo recuerda a España, después que se derrotó a Franco en las zonas industriales! ¡Cómo se parecería a Chile, si en Chile las masas hubieran derrotado a Pinochet! Y las lecciones de lo que ocurrió en la España republicana, con los gobiernos contrarrevolucionarios de Largo Caballero y Negrín-Stalin, indican el peligro que existe en Portugal con la contrarrevolución del MFA-PC-PS, especialmente de los dos primeros.
La Revolución portuguesa se aproxima a los vaticinios de Lenin y Trotsky, quienes anticiparon, en la primera postguerra, que los movimientos coloniales de los viejos imperios -Inglaterra, Francia- serían parte de un movimiento revolucionario único a escala de todo el imperio, en el que la revolución obrera metropolitana sería la, vanguardia de las revoluciones coloniales pequeño burguesas y burguesas.
Durante casi sesenta años, ninguna de estas previsiones se cumplió. El fracaso de la revolución obrera en Europa, tras la Primera Guerra Mundial, por la traición de las direcciones socialdemócratas, frustró esa combinación de los movimientos agrarios y nacionalistas pequeño burgueses o burgueses con la revolución obrera metropolitana. El carácter marítimo, no territorial, de estos imperios coloniales los ayudó a capear el temporal.
Más tarde, la traición stalinista de la segunda postguerra permitió a los viejos imperialismos realizar con éxito la maniobra neocolonial. Las colonias conquistaron la independencia política, pero para incorporarse al mundo de los países atrasados, económicamente dominados bajo formas semicoloniales o dependientes por los mismos viejos imperialismos en sociedad con el imperialismo yanqui, Este proceso no se combinó con la revolución obrera en las metrópolis. Cuando estallaron las guerras de liberación, democráticas o agrarias (China, Indochina, Corea, Argelia, Cuba), fue nuevamente el stalinismo quien actuó en todos los frentes para impedirlo: Ni la de Vietnam, ni la de Argelia, las dos revoluciones coloniales más heroicas de esta postguerra dentro de los vicios imperios, tuvieron un apoyo incondicional y revolucionario del stalinismo y el movimiento obrero francés que éste dirigía. El hecho deque la revolución colonial y el movimiento obrero del país imperialista no lograran ligarse en un proceso único, en un todo orgánico, al tiempo que provocaba guerras interminables, espantosamente crueles y sangrientas en las colonias, permitía la supervivencia -aunque debilitada- de la estructura capitalista e imperialista en las metrópolis.
Por razones que hacen sólo indirectamente al stalinismo, y directamente al retraso del movimiento obrero japonés y norteamericano, las revoluciones y guerras semicoloniales en China, Corea, Indochina y Cuba, tampoco se ligaron a aquellos. El fascismo impidió que el movimiento obrero japonés colaborara y se uniera con los trabajadores chinos que se le oponían en la década del 30 y principios del 40. Ni el débil movimiento contra la agresión yanqui a Cuba ni el gran movimiento contra la guerra de Vietnam fueron acaudillados por el movimiento obrero. Mucho menos por un movimiento obrero que avanzara hacia la revolución socialista.
Esta ligazón que faltó entre las revoluciones democrático-burguesas y la revolución obrera dentro de los imperios se dio, sin embargo, dentro de las fronteras de algunos países coloniales y semicoloniales. Las guerras campesinas democráticas o antiimperialistas china, coreana, vietnamita, yugoslava y cubana se transformaron, por la lógica objetiva de esas luchas, en revoluciones obreras deformadas. Se corroboraba así la teoría de la revolución permanente sobre la combinación de ambas revoluciones.
Esta largamente frustrada combinación revolucionaria entre los movimientos colonial y obrero metropolitano, se producirá, finalmente, con la revolución portuguesa.
Los ideólogos del MFA, seguidos consciente o inconscientemente por muchos sectores de izquierda, hacen esfuerzos para tratar de igualar al Portugal liberado del fascismo con los países coloniales y semicoloniales, para encubrir así su carácter imperialista. Es el famoso tercermundismo de los capitanes. Para que esta peligrosa y falsa teoría haya podido hacer pie tiene que asentarse en un hecho cierto: el evidente atraso de Portugal.
Todo intento de comparar a Portugal con los países coloniales debe comenzar con este problema de fondo: el carácter de su atraso. ¿Se debe a que llegó demasiado tarde al desarrollo capitalista, como los países coloniales o, por el contrario, a que llegó demasiado pronto? Este último es el caso de Portugal, que fue el primer país capitalista moderno que logró formar un imperio comercial, mucho antes que Inglaterra. Así, gracias a ello, pudo conseguir colonias que ha seguido explotando hasta la fecha. Se parece a Inglaterra, con la diferencia de que la decadencia de ésta comenzó hace décadas y no siglos. En los diferentes orígenes del atraso radica el distinto carácter de Portugal y de los países del tercer mundo. Aquél es un imperialismo senil, el más senil de todos porque fue el primero; en cambio, los países coloniales y semicoloniales no han alcanzado a desarrollarse en plenitud como países capitalistas, por haber llegado demasiado tarde. Si ni siquiera han podido obtener su plena independencia económico-política, mucho menos habrían de lograr transformarse en potencias imperialistas capaces de explotar a otros países.
Portugal se diferencia del imperio ruso en el mismo hecho. Este último llegó tarde al desarrollo capitalista. De ahí que fuera una semicolonia en relación a los imperios europeos (el capitalismo extranjero dominaba su economía.), aunque al mismo tiempo fuese imperialista en relación a las nacionalidades de su territorio.
Portugal nunca llegó a ser una semicolonia de otros imperios más poderosos, pese a su extremada debilidad: por el contrario, hasta los años 60, el régimen de Salazar había logrado un alto grado de autarquía.
Es un hecho histórico que, durante siglos, Portugal fue una submetrópoli comercial, y posteriormente industrial y financiera, del imperialismo inglés. Pero la crisis del 29 permitió a la burguesía portuguesa independizarse relativamente de su carácter submetropolitano y la Segunda Guerra Mundial la independizó totalmente.
Mientras la crisis y la guerra herían de muerte a su socio inglés, la burguesía imperialista portuguesa utilizaba esa situación para fortificarse dentro de su imperio. La ayudarían dos hechos: primero, el no haber intervenido en la guerra mundial y no tener, por consiguiente, que pagar la reconstrucción del país; segundo, el que sus colonias más importantes estuvieran en el centro y el sur de África, la zona menos castigada por la guerra y por los movimientos de liberación nacional (zona muy distinta, por ejemplo, al extremo oriente, que había sufrido la invasión japonesa y visto el triunfo de la gran revolución china).
Esto permitió a Salazar mantener en pie un imperio autárquico, relativamente cerrado a las inversiones de otros imperialismos, sin elementos submetropolitanos (explotar en sociedad con imperialismos más fuertes), ni mucho menos semicoloniales. También, gracias a ello, la dictadura pudo sostenerse en el poder durante casi medio siglo.
Pero las condiciones favorables que habían permitido, pese a su atraso, mantener la independencia o autarquía, fueron quedando atrás a medida que se desarrollaba el boom económico imperialista de postguerra. La burguesía portuguesa, por sí sola, no podía desarrollar las nuevas ramas de producción características de la actual economía capitalista: automotriz, petroquímica, electrónica, bienes durables de todo tipo, etcétera. Para desarrollar esas ramas necesitaba imperiosamente entrar en sociedad con los monopolios Yanquis o europeos. La guerra colonial agregó un factor suplementario de dependencia con relación a las grandes potencias imperialistas: la provisión de armas sofisticadas para enfrentar a los guerrilleros, que su atraso le impedía producir. Es así como, desde 1,960, comenzaron a entrar capitales yanquis y europeos al imperio. Si entre 1943 y 1960 solamente ingresaron 2 millones de contos, en sólo 6 años, entre 1961-67, entraron 20 millones, es decir, diez veces más, y esta tendencia continuaría.
A regañadientes, el gobierno de Salazar-Caetano fue permitiendo esta penetración, pero sin permitir que fuera predominante. El socio principal siguió siendo la burguesía portuguesa. Si no llega a interponerse la revolución obrera, la tendencia del Portugal imperialista no deja lugar a dudas: su atraso lo condenará a transformarse en submetrópoli, es decir, socio menor de otros imperios más poderosos en la explotación de la clase obrera y de las colonias; y, a muy lejano plazo, no estaría descartado que perdiera totalmente su influencia en sus colonias y se transformara directamente en una semicolonia. Portugal, para mantener su actual independencia del capital extranjero, sólo tiene una alternativa: el socialismo, que le haría superar su atraso sin caer bajo el dominio de los grandes monopolios internacionales. Esta transición de un imperialismo relativamente independiente y dominante en su esfera de influencia, a dependiente o submetropolitano, como socio menor de otros imperialismos, caracteriza la actual dinámica de la economía burguesa portuguesa. Es una transición inevitable que provoca fuertes contradicciones dentro de la burguesía y pequeña burguesía portuguesa, como ya veremos.
Si el régimen de Salazar logró mantener intacto y, en un sentido, fortalecer su imperio durante medio siglo, la guerra colonial conmovió, por fin, su régimen.
Ya en 1962, un conocido periodista de la izquierda inglesa, al describir el inicio de la revolución colonial en Angola, escribía estas palabras, realmente premonitorias (para el caso de que ella se extendiera, como sucedió, a las restantes colonias portuguesas):
En febrero de 1961 comenzó en Angola la guerra de liberación, que en estos momentos parece poder alcanzar las dimensiones de la guerra de Argelia, convertirse en el comienzo de la revolución del África Central y del sur y sacudir de tal modo los cimientos del colonialismo portugués que Salazar resulte herido de muerte y se transforme de este modo radicalmente la situación en la península ibérica . (Peter Freyer y Patricia Mc Gowa1n Pinheiro; El Portugal de Salazar, Ruedo Ibérico, París, 1962, pág. 139). Efectivamente, la guerra llevará al marasmo la economía del imperialismo portugués, que se vería obligado a mantener un ejército de 150.000 hombres y gastar casi la mitad del presupuesto en ella. El viejo imperio no pudo sostener esa situación (ni tampoco, como se demostraría más tarde, realizar con éxito la maniobra neocolonial).
El famoso libro de Spínola Portugal y el futuro no fue solamente el más importante best seller de los últimos años del Portugal fascista. Detrás suyo se escondían intereses no precisamente literarios. Su publicación indicaba que el alto mando del ejército portugués se había dividido, siguiendo las líneas en que lo había hecho la oligarquía portuguesa, como consecuencia del impacto de la guerra colonial, que ya llevaba más de diez años. El sector más reaccionario opinaba que había que continuar la guerra hasta el triunfo; el de Spínola-Costa Gomes que había que terminar con ella, negociando con las colonias una salida que las constituyera en estados asociados a la metrópoli, algo parecido a la actual situación de las colonias inglesas. Tanto unos como otros se oponían a la autodeterminación de las colonias, pero en tanto que los primeros: querían conservarlas como tales, el sector de Spínola aspiraba a mantener el imperio bajo una forma neocolonial. A ese objetivo sumaba otro, de primera importancia: democratizar al país para permitir su integración al Mercado Común Europeo y asociarse con éste en la explotación de las colonias y de la clase obrera. portuguesa.
Este primer plan del sector oligárquico representado, por Spínola-Costa Gomes era parecido en lo político al que la gran burguesía española está desarrollando en la actualidad: aplicar una fuerte presión para que el propio gobierno fascista se modernice, es decir, cambiar algo para que todo siga igual . De allí que se limitaron a tratar de convencer -sin éxito- al gobierno de la conveniencia de liberalizar el juego político y de iniciar negociaciones para terminar con la guerra. La resistencia de Caetano estaba respaldada por los sectores burgueses que seguían apostando a la autarquía imperialista. Pero la revolución colonial, al tiempo que aceleraba la crisis política de la oligarquía portuguesa debilitando a su sector más cavernario, comenzó a filtrarse, al agudizar la crisis económica y social, en las propias filas de la oficialidad del ejército imperial.
Si la guerra colonial provoca una profunda división dentro de la oligarquía portuguesa, una crisis mucho más profunda comenzó a manifestarse en las fuerzas armadas del imperio. Estas debían realizar terribles esfuerzos para mantener la guerra en las colonias. Los jóvenes sufrían cuatro años de conscripción. Muchos estudiantes eran enganchados como oficiales. Todos, oficiales, suboficiales y tropa, pasaban largos años fuera del país, en una guerra que les era ajena, plagada de decepciones y derrotas. En estas condiciones, la división del alto mando facilitó el comienzo de organización de un grupo de capitanes y oficiales de baja graduación estacionado en cuarteles próximos a Lisboa.
Como sucede tantas veces en la historia, todo comenzó por una razón mezquina, baladí sí se quiere. Los capitanes de carrera querían mejores condiciones que las que tenían los enganchados. Efectuaron una presentación a la superioridad y siguieron presionando para ver satisfechos sus pedidos. Pero, a poco de organizarse, llegaron a la conclusión de que el gran problema no eran los capitanes enganchados, sus camaradas de armas e infortunios, sino la guerra colonial y el gobierno fascista, y se volcaron a la lucha. Había que terminar con la guerra y el gobierno fascista.
La participación de los capitanes transformó el plan de recambio de un sector de la oligarquía y de Spínola en un putsch militar. La resistencia de Caetano a aceptar los consejos de Spínola lo había colocado en una situación sin salida ni perspectivas. El descontento y malestar de la clase media, reflejados en la protesta y organización de los capitanes, lo sacó de esta incertidumbre. Spínola creyó que podía usar a estos últimos en la mecánica del golpe, para luego despedirlos, agradeciéndoles los servicios prestados y obligándolos a volver a la férrea disciplina de los cuarteles. El programa del Movimiento de las Fuerzas Armadas -como finalmente se denominó la organización de los capitanes de carrera a que nos referimos-, ambiguo, sin ninguna claridad, se prestaba a que fueran así utilizad dos. Por otra parte, el MFA también quería servir al representante de la gran burguesía y asegurar la disciplina. El terror al movimiento de masas y a la indisciplina unía a Spínola con los capitanes descontentos. Todo estaba preparado para que fuera un putsch sin intervención popular y obrera. Pero las cosas sucedieron de otro modo.
Desde pocos años después que el fascismo subió al poder en Italia, se inició una polémica entre el stalinismo y el trotskismo sobre el carácter social de la revolución antifascista, El stalinismo aprovechó los triunfos de la contrarrevolución fascista para trasladar a los países europeos su nefasta teoría de las etapas revolucionarias de los países atrasados. Según los stalinistas se trata, al igual que en éstos, de una larga etapa de revolución democrática acaudillada por la burguesía liberal. De esta teoría sobre el futuro de la revolución europea sacó su política de frentes populares o democráticos con la burguesía liberal para desarrollar hasta el fin la revolución democrática antifascista.
El trotskismo sostenía que sólo una clase, la obrera, con sus métodos de movilización, podía derrotar al fascismo, imponer las más irrestrictas libertades democráticas y hacer progresar a los países hacia el socialismo. Las libertades democráticas que se conquistaran iban a ser subproductos de la lucha revolucionaria de la clase obrera; no una etapa histórica, sino una maniobra de la burguesía para calmar a la clase obrera con concesiones y evitar así que hiciera la revolución socialista. Por otra parte, para que haya una etapa democrático burguesa, es necesario que exista una burguesía o pequeña burguesía capaces de acaudillar a las masas en un proceso revolucionario hasta sus últimas consecuencias. Pero, desde mediados del siglo pasado, no existe esa burguesía progresista, dado que lo que más teme es la movilización de la clase obrera, ya que el proletariado es su más importante enemigo histórico, mucho más que el imperialismo, las potencias capitalistas rivales y los restos feudales. A estos sectores la une su condición de capitalistas o explotadores; de la clase obrera la separa tajantemente el hecho de ser su explotadora directa. Si todo esto es verdad para los países atrasados, lo es mucho más para los adelantados, donde la burguesía ni por un minuto puede dejar de ser doblemente contrarrevolucionaria, ya que, además de explotar a sus obreros, explota a sus colonias. Portugal ha sido una nueva prueba histórica de la validez de ambas teorías y políticas. Veamos.
(...) a pesar de que las radios controladas por el Ejército llamaban a que la población se mantuviera en calma y en sus casas, decenas de miles de civiles inundaron las calles, acompañaban a los tanques, ofrecían claveles rojos y fraternizaban con los soldados, al mismo tiempo que masiva y alegremente se lanzaban al más radical desmantelamiento de¡ odiado aparato represivo fascistizante.
(...) El desmoronamiento del aparato represivo de la dictadura abrió súbitamente la posibilidad de una inmensa movilización obrera y popular. El mismo día 25 y los subsiguientes, las calles eran recorridas incesantemente por manifestaciones espontáneas de miles de personas gritando, contra el fascismo y la PIDE, por el fin de la guerra, por la fraternización con los militares, etcétera. Un símbolo elocuente de esto tal vez sea lo ocurrido en numerosos liceos, donde los jóvenes secundarios inmediatamente pasaron a descubrir, perseguir y detener a los antes temidos informadores (bufos) de la PIDE, y a la Legión Portuguesa. El saneamiento de los elementos reaccionarios se extendió como un reguero de pólvora por todo el país .
Lo presencia activa de las masas y particularmente de la clase trabajadora fue claramente visible en las manifestaciones del 1 de Mayo, durante las cuales 500.000 personas salieron a las calles solamente en Lisboa, y en la oleada de huelgas y movilizaciones que la siguieron para imponer las más diversas reivindicaciones democráticas y económicas. De esta manera se conquistó un margen de libertades muy grande y se provocó un cambio sustancial en la relación de fuerzas entre las clases.
Así resumió Aldo Romero, en el Nro. 1 de Revista de América, las consecuencias del putsch militar en líneas generales, todo el periodismo produjo versiones similares.
Las fechas son a veces, por un extraño azar, simbólicas. La semana revolucionaria abierta el 25 de abril, día del putsch, culminó el Primero de Mayo, día obrero internacional por antonomasia, con una manifestación de 500.000 personas en Lisboa. Ella indicó claramente, tanto en su composición social como por las consignas que se corearon, la presencia de una revolución obrera que había comenzado a llevar a cabo un programa democrático, o bien algunas de sus tareas fundamentales.
Muchas de las consignas eran esencialmente antifascistas y democráticas, tal el caso de Muerte al fascismo, Muerte a los PIDES, Saneamiento. Algunas de ellas, de apoyo a la burguesía -Viva Spínola- o a la pequeña burguesía -Viva el MFA-, denotaban el atraso del movimiento obrero portugués tras 50 años de ostracismo político. Llama la atención la falta de consignas anticolonialistas, (con la excepción de la un tanto ambigua de Fin de la guerra) en una revolución que como se demostraría más adelante- era, consciente o inconscientemente, profunda y objetivamente anticolonialista. Probablemente, los vivas a Spínola reflejaban en forma harto confusa dicho carácter, puesto que aquél, tras la publicación de su libro, pasaba por ser el abanderado del fin de la guerra por todos los medios.
Pero junto a estas consignas se coreaban otras, tales como Salario mínimo a 6.000 contos y Cunhal al gobierno, que ya demostraban, en cuanto a reivindicaciones específicas, la primacía absoluta de la clase obrera en el movimiento. No se escucharon en él demandas que correspondieran a intereses específicos de otras clases ni sectores. Finalmente, reafirmando los métodos obreros revolucionarios, esta gran manifestación fue precedida y sucedida por infinidad de huelgas, el método de lucha obrero por excelencia. Y la liquidación del aparato fascista comenzó a llevarse a cabo directamente, asaltando y deteniendo a sus personeros, sin escuchar las recomendaciones de los militares.
Tomadas en su conjunto, las consignas demuestran la combinación de circunstancias que provocó el comienzo de la gran revolución obrera antifascista. Los vivas a Spínola y al MFA fueron el reconocimiento del movimiento de masas a los putschistas burgueses y pequeño burgueses que habían abierto las compuertas, así como los mueras al fascismo indicaban claramente el objetivo inmediatamente democrático de la revolución obrera que había comenzado y que se concretaba tanto en el método de las manifestaciones y las huelgas como en las consignas de salario mínimo y Cunhal al gobierno. Pero también expresaban un hecho indiscutible: era el pueblo en su conjunto, desde la clase media hasta el proletariado, quien se aprestaba cambiar al régimen fascista. Visto desde este ángulo, se trataba de un gran movimiento popular, pero un movimiento popular que tenía como su soporte más vigoroso y dinámico a la clase obrera. Era, en síntesis, una revolución obrera que se combinaba con todos los sectores explotados, principalmente la clase media urbana, y comenzaba a exigir el cumplimiento hasta el fin de las tareas democráticas, al tiempo que se proponía desde el comienzo tareas y métodos de lucha propios del proletariado.
Pocos meses después, esas mismas masas trabajadoras saldrían, solas, a las calles para gritar Muera Spínola, demostrando una vez más la dinámica obrera, socialista, de la revolución. Dinámica que los propios explotadores y sus sirvientes de la clase media, como el MFA, el PC y el PS, se verían obligados a reconocer al recurrir a la gran estafa de autodenominarse socialistas y disfrazar sus proyectos burgueses tras la mentira de que lo que está recorriendo Portugal es ya la marcha hacia el socialismo.
El putch militar elevó al poder al primer gobierno revolucionario, el del general Spínola. Este intentó lograr un gobierno de unidad nacional, donde cupieran desde la gran burguesía hasta los partidos obreros reformistas. Y todos los sectores estuvieron de acuerdo en darle plenos poderes al general del monóculo: el MFA, recién formado, y salido a la luz pública, no se atrevió a postularse para, el gobierno; por su parte, los partidos obreros tradicionales jugaron todas sus cartas a un régimen de unidad nacional. Así, Spínola se convirtió en la figura dominante en el gobierno, se rodeó de ministros amigos y entregó -como quien tira un hueso a un perro- algunas carteras al MFA, al PS y al PC. Palma Carlos, incondicional suyo, fue nombrado primer ministro.
El que el MFA comenzara a consolidarse como una organización política de la baja oficialidad reflejaba, a su manera, la crisis revolucionaria en las filas del ejército. Es totalmente anormal que una organización pública de oficiales jóvenes codirija un ejército burgués, ya que la esencia de éste es la más absoluta disciplina jerárquica y el acatamiento a los altos mandos. Si Spínola tuvo que aceptar esta anormalidad e incorporarla al gobierno, ello se debió a que así se lo imponía el ascenso del movimiento de masas. Por otra parte, pensaba que de esta manera podría canalizar la rebeldía de la oficialidad joven y los suboficiales hacia los cauces normales de la más estricta disciplina castrense, imprescindible para sostener al gobierno al que los había integrado. Pero el MFA -y esto debemos tenerlo bien presente- no era lo mismo que la alta oficialidad. Y se resistía a disolverse en el acatamiento disciplinado a ésta. Reflejaba así en el ejército a la moderna clase media, cuyas expectativas no eran idénticas a las de Spínola y la oligarquía portuguesa.
La participación del Partido Comunista en el gobierno era un fenómeno nuevo en la política europea de los últimos veinticinco años, desde la última postguerra. Si exceptuamos a Chile, también lo era en el mundo occidental. La formación de este gobierno frentepopulista, de colaboración de clases, es un reconocimiento, por parte del imperialismo y la burguesía portuguesa, de que se las tiene que ver con una revolución obrera en curso. Precisamente por eso, se vieron obligados, aunque a regañadientes, a aceptar los solícitos arrumacos colaboracionistas de los partidos Socialista y Comunista.
El PC respondió desde el gobierno a las expectativas de sus flamantes aliados burgueses e imperialistas. Lo hizo reemplazando la exigencia de 6.000 escudos de salario mínimo por la de sólo 3.500 y comenzó a condenar a determinadas luchas obreras por irresponsables o promovidas por el fascismo como ocurrió, por ejemplo con la huelga nacional de los trabajadores de correos en junio del 74 . (Aldo Romero, Portugal, ¿reconstrucción o revolución?, Revista de América, No 1)
Pese a esta política, y a la igualmente traidora del Partido Socialista --insistimos con la del primero porque tiene mucha mayor influencia sobre los activistas sindicales y no porque este último haya sido menos colaboracionista--, el movimiento obrero siguió adelante. Comenzó a superar la atomización de los sindicatos por oficio, heredada del fascismo --y de la vieja tradición anarcosindicalista-- y se lanzó a organizar comisiones obreras en las grandes fábricas (el stalinismo alentó el desarrollo de los sindicatos por industria y, al mismo tiempo, lo utilizó para crear una organización centralizada de sindicatos de industria, la Intersindical, a la que impuso una dirección designada a dedo por él mismo). Contra las recomendaciones del stalinismo, los trabajadores continuaron haciendo huelgas salvajes, aunque de carácter aislado, enmarcadas en el ligero reflujo del conjunto del movimiento obrero, provocado por los llamados a la pasividad de los partidos reformistas.
Pese a la buena voluntad de los partidos obreros reformistas, el gobierno de Spínola vivió de crisis en crisis, hasta que el movimiento de masas lo echó. Las leyes de la lucha de clases siempre son más poderosas que los proyectos reformistas. La gran burguesía, dividida al final del gobierno de Caetano alrededor de la conveniencia o no de terminar con la guerra colonial y democratizar al régimen fascista, volvió a unirse, después del 25 de abril de 1974, detrás de Spínola. Para frenar al movimiento obrero y de masas utilizó, con bastante éxito, a los representantes pequeño burgueses de la clase obrera (los partidos reformistas) y de la moderna clase media dentro del Ejército (el MFA). Pero precisamente el éxito obtenido, es decir, el freno puesto al movimiento obrero, con su consiguiente debilitamiento, iba haciendo innecesaria para la burguesía a la democracia pequeño burguesa. Y es así corno intentó, a través de Spínola, no sólo dar marcha atrás a la revolución obrera en curso, sino también a las conquistas democráticas ya logradas o que se estaban planteando.
Este proyecto, de triunfar, habría significado la transformación del gobierno en bonapartista, puesto que no se puede aplastar definitivamente al movimiento obrero y a sus conquistas democráticas desde, un gobierno de frente popular, ni puede sobrevivir un gobierno de frente popular cuando el movimiento obrero ha sido derrotado. No es casual, por lo tanto, que parte importante del esfuerzo burgués por hacer retroceder a la revolución haya sido acompañado, por un lado, de una fuerte campaña anticomunista y, por el otro, de recios choques con el MFA. La burguesía, por lo tanto, después de haberla utilizado para frenar al movimiento obrero y de masas, entraba en conflicto con la democracia pequeño burguesa, la cual quería colaborar con el gobierno de Spínola pero dentro de un régimen democrático-burgués de respeto a los partidos obreros y al MFA.
Esta disputa entre los dos sectores del gobierno se concretó alrededor de la cuestión de si debía llamarse a elecciones presidenciales o de Constituyente. Spínola y la gran burguesía sostenían la necesidad de un gobierno fuerte, autoritario, y consideraban, por lo tanto, imperativo y urgente imponer un régimen bonapartista por medio de una elección presidencial que, de hecho, no sería otra cosa que la plebiscitación de Spínola. Pensaban así terminar de frenar y, si era necesario, aplastar al movimiento obrero, al tiempo que se desembarazaban de los capitanes del MFA y de los partidos obreros, muy especialmente del PC, molesto agente de Moscú, en un gobierno que pretendía seguir en la NATO y el Pacto Ibérico, e ingresar al Mercado Común Europeo. La democracia pequeño burguesa se oponía a este proyecto y abogaba, en aquel entonces en forma unida, por la Asamblea Constituyente.
El otro motivo de disputa era la cuestión colonial. U revolución en el África portuguesa se veía grandemente favorecida por el proceso abierto en la metrópoli, Los soldados negros del ejército portugués comenzaban a desertar y los soldados, suboficiales y oficiales blancos empezaban a exigir la vuelta al hogar. Al mismo tiempo, según relata un soldado trotskista portugués entrevistado por Gerry Foley (Revista de América, N 4), en el período que sucedió al 25 de abril de 1974, cuando proseguía la lucha contra los spinolistas, quienes se oponían a la descolonización y buscaban una solución neocolonialista, hubo algunas luchas ante los envíos masivos de tropas a Angola. Algunos grupos de soldados inclusive se negaron a ir. Frente a esta situación, la gran burguesía y su representante, Spínola, aspiraban a negociar el fin de la guerra desde una posición de fuerza, para imponer a las colonias su transformación en provincias o estados asociados al imperio. La democracia pequeño burguesa, por su parte, quería negociar la independencia con los movimientos de liberación nacional; una independencia condicionada y favorable al imperio, pero independencia al fin.
En julio de 1974, esta crisis se hizo pública cuando Palma Carlos declaró que para impedir la anarquía había que llamar a elecciones presidenciales y no a las de Constituyente. Aunque el movimiento obrero había sido desmovilizado, la combinación del ascenso de la revolución colonial, la crisis del ejército y la desesperación de la democracia pequeño burguesa obligaron a Spinola a desprenderse de su primer ministro y nombrar en su reemplazo a Vasco Goncalves. De esta manera aceptaba la plena participación del MFA en el gobierno. Triunfó así la política de la democracia pequeño burguesa: se llamaría a elecciones constituyentes y se negociaría la independencia de las colonias. Fue una derrota parcial de la contrarrevolución burguesa spinolista que, en corto tiempo, entre agosto y septiembre, se manifestará en el reconocimiento de la independencia de Guinea-Bissau y Mozambique.
Pero, luego del traspié, Spínola preparó el contraataque, ayudado indirectamente por el congelamiento de las luchas obreras y populares que habían provocado el MFA y los partidos reformistas. De acuerdo con éstos, comenzó por atacar la libertad de prensa prohibiendo un diario maoísta. Siguió adelante promulgando una ley contra el derecho de huelga y organizando una nueva región militar en Lisboa, el COPCON (Comando Operacional del Continente), con el claro, objetivo contrarrevolucionario de intervenir directamente en apoyo de las autoridades y a sus órdenes, para mantener y restablecer el orden Inmediatamente, el COPCON entró en acción para reprimir huelgas y manifestaciones de pequeños grupos de izquierda . (Gus Horowitz, Op. cit.)
Como señala Romero en el artículo de Revista de América No 1 ya citado, se produjeron entonces medidas represivas y antiobreras de los sectores más reaccionarios: violenta represión de una manifestación de apoyo al MPLA con el saldo de un muerto y varios heridos de bala, prohibición de manifestaciones obreras, intervención militar contra la huelga de los trabajadores de transportes Aéreos Portugueses (..). Nuevamente la gran burguesía y Spínola comenzaban a sentirse fuertes, hasta el grado de pronunciarse públicamente contra la independencia de Angola y de chocar a la vista de todos con el MFA y Vasco Goncalves. La tensión fue creciendo, mientras que desde la presidencia y otros sectores del gobierno comenzaron a lanzarse claros alegatos anticomunistas y antiobreros. El 10 de septiembre, Spínola en persona hizo una convocatoria para que se movilizara una supuesta mayoría silenciosa para poner fin a la anarquía, y el 28 del mismo mes se montó una provocación que debía servir de cobertura o pretexto para dar un autogolpe que posibilitara la declaración del Estado de Sitio, y la asunción de plenos poderes por Spínola .
El golpe contrarrevolucionario en ciernes obligó al Partido Comunista, el más amenazado, a salir a defenderse a la desesperada, llamando a las masas a combatir. Estas respondieron con una audacia y decisión que aplastó el primer intento contrarrevolucionario de la burguesía portuguesa (que, dicho sea al pasar, cerraba en los hechos la polémica sociológica acerca de si esa burguesía era reaccionaria o albergaba en su seno sectores progresistas. Según relata Romero en Intercontinental Press (citado por Horowitz en el artículo que aquí publicamos), los obreros actuaron adelantándose al MFA e independientemente de éste y el gobierno provisional y prestaron mayor atención a las instrucciones del PC y la Intersindical que a ¡as de los militares. En buen romance, pese a que el MFA también estaba amenazado por el golpe, su actuación fue lamentable. La movilización obrera y popular frenó así el golpe contrarrevolucionario y salvó y elevó al poder a la democracia pequeño burguesa, principalmente al MFA, que se había esforzado durante meses por desmantelar esa misma movilización.
El gran triunfo del movimiento obrero y de masas --y del propio PC, que intervino de lleno en la movilización contra Spínola-- obligó a la gran burguesía a cambiar de política y de gobierno. El general duro, a la antigua, que quería imponer en todo el país la disciplina de los cuarteles, fue reemplazado por su amigo civilizado , que acostumbra a conversar, no a mandar : el general Costa Gomes. La burguesía se había convencido de que, por el momento, no podía regimentar y derrotar al movimiento obrero y de masas. Por eso buscó entre sus servidores a un gran negociador capaz de utilizar, a la democracia pequeño burguesa para desacelerarlo, frenarlo y, por último, derrotarlo.
La nueva política burguesa abandonó momentáneamente toda veleidad bonapartista y se orientó hacia las formas parlamentarias de dominio: aceptó la Asamblea Constituyente.
El plan burgués tenía a su disposición tres herramientas de primer orden, todas ellas pequeño burguesas. El MFA se encargaría de apaciguar a los soldados, suboficiales y oficiales radicalizados, para volver a disciplinar a las fuerzas armadas. El Partido Comunista, dispuesto como de costumbre a colaborar con el gobierno burgués de turno, se ocuparía de evitar las movilizaciones y de controlar a la organización sindical. El Partido Socialista, que según todos los informes ganaría cualquier elección, garantizaría la inocuidad de la Asamblea Constituyente y de toda otra variante electoral y parlamentaria que pudiese presentarse.
Bajo el nuevo gobierno, la lucha de clases repetirá, pero en un plano más elevado, la misma secuencia que bajo Spínola. Primero, la política colaboracionista de las direcciones provocará un ligero repliegue del movimiento obrero. Luego, éste volverá a levantarse en una impetuosa movilización.
El MFA en el gobierno llamó, por boca de Vasco Goncalves a los domingos de trabajo, y comenzó a insistir en que la gran batalla, era, por la producción. Dicha batalla se mostró parte de un plan económico de emergencia proclamado el 21 de febrero pasado, cuya esencia era total y absolutamente capitalista: tratar de salvar la economía burguesa a costa de mayor explotación de los trabajadores. Asegurado el apoyo de los partidos obreros a este plan, el MFA fue más allá y trató de conciliar políticamente con la gran burguesía y sus representantes. Comenzó una campaña cuidadosa a favor de Spínola, liberándolo de responsabilidad en el anterior intento de golpe, por haber sido involucrado en él con engaños. No publicó las investigaciones sobre los responsables de la intentona. No adoptó medidas contra la oligarquía comprometida en ella. Dejó prácticamente sin purgar al ejército de los oficiales reaccionarios. Y, como muestra de afecto a los amigos de la oligarquía de allende las fronteras, en febrero la guardia fiscal portuguesa devolvió un militante de izquierda español a la policía política franquista.
Mientras tanto, la situación económica empeoraba a pasos agigantados. La desocupación castigaba ya a más de 200.000 personas, cifra que supera el 7% de la población trabajadora. Los capitales comenzaban a fugar hacia el exterior. Algunas empresas eran abandonadas por sus dueños. El imperialismo empezó a bloquear económicamente a la revolución.
A fines del año pasado y comienzos del presente, el movimiento obrero y de masas empezó a enfrentar estas calamidades. La caída de Spínola -dice Romero en el artículo citado de Revista de América N 1- fue seguida por un relativo impasse de las luchas obreras, pero desde comienzos de 1975 la resistencia popular se ha intensificado de una manera espectacular (..) y sigue: otro terreno de lucha ha sido naturalmente el mejoramiento de las condiciones, de vida, particular mente a nivel fabril. En ese sentido las reivindicaciones han sido innumerables (ritmos de trabajo, condiciones de seguridad e higiene, equipos, comedores, etc.). Las exigencias más extendidas son, en este momento, la estabilidad en el trabajo y aumentos saláriales. La revolución daba sus primeros pasos en el campo: los trabajadores agrícolas y campesinos pobres empezaban a organizarse y combatir la desocupación. Las movilizaciones no limitaron sus objetivos a la estabilidad y aumentos saláriales; éstos las llevaron a otras consignas más generales y revolucionarias: innumerables asambleas obreras de fábricas en lucha han votado mociones a favor de la nacionalización-de empresas que amenazan con despidos, o, más en general, de los monopolios .
Paralelamente, junto a las huelgas, se generalizaban otros métodos de lucha. La primera ocupación de importancia fue resaltada así por Le Monde Diploma tique (junio de 1975): El 7 de febrero fue una fecha significativa: ese día, siete mil trabajadores de las comisiones obreras de Lisnave, por primera vez en la historia de Portugal, pusieron en tela de juicio la propiedad de los medios de producción -sin aventurarse todavía sobre el terreno de la autogestión- . El método de la ocupación se extenderá, a partir de allí, no sólo a los establecimientos sino también a las casas de fascistas y burgueses o simplemente desocupadas.
Surgirán también intentos de controlar la producción. En algunas empresas se impide el ingreso de los patrones.
Al mismo tiempo, la organización del movimiento obrero se masificaba y adquiría un carácter cada vez más directo. El ascenso revolucionario combinaba la organización de sindicatos por oficio heredada del fascismo con el surgimiento de sindicatos por industria, con la central que intenta agruparlos -la Intersindical- y con los comités de base por fábricas (las comisiones obreras), barrios y de todo otro orden. El salto espectacular que sacude a la vida social y política portuguesa desde la caída de Caetano provoca así la existencia simultánea de: las organizaciones gremiales por oficio, típicas de los comienzos del movimiento sindical; los sindicatos por industria y su central, propios de la época capitalista; y los comités de base, característicos de este período de decadencia capitalista y transición al socialismo. El surgimiento de los sindicatos industriales y los comités de base -terreno este último en que la clase obrera lleva la delantera a los otros sectores (inquilinos, soldados, etc.), puesto que después del 11 de marzo se constituyeron en la mayoría de las fábricas importantes- apunta a la liquidación de los sindicatos por oficio. Las dos formas de organización (sindicatos por industria y comités de base) coinciden en la necesidad de una organización industrial única en todos los niveles -fábrica, gremio, país- pero, al mismo tiempo, son profundamente diferentes. La primera, institucionalizada desde hace más de medio siglo por el capitalismo, sé presta mucho más a la burocratización que los comités, íntimamente ligados a las bases, que las reflejan mejor que los sindicatos y que sólo nacen en períodos de intensa movilización obrera como el que atraviesa Portugal. Esta diferencia se evidenció en el hecho de que, con pocos días de diferencia, se produjeran dos manifestaciones: una de ellas, el 14 de enero, convocada por la Intersindical y dirigida por el PC, para exigir su reconocimiento oficial, agrupó entre 100.000 y 200.000 personas; la otra, de gran combatividad, convocada el 7 de febrero por las comisiones interempresas y dirigida por la ultra izquierda maoísta, se concentró frente al Ministerio de Trabajo para protestar contra los despidos, las maniobras patronales y la presencia de la NATO en Portugal. Seis días después de la primera, el 20 de enero, el gobierno promulgó una ley por la que favorecía a la central única y transformaba de hecho a la Intersindical en su núcleo inicial. La Intersindical es una gran conquista del movimiento obrero, pero distorsionada por el stalinismo, que la burocratizó desde el comienzo y digitó a su dirección para ponerla al servicio del gobierno burgués. De cualquier manera, el proceso de luchas no podía dejar de reflejarse en la búsqueda de direcciones combativas y clasistas. Recientemente -nos comenta Romero en Revista de América No l- las listas sindicales impulsadas por el PCP sufrieron derrotas espectaculares en Correos, y en el Sindicato Bancario de Porto .
El ejército, por su parte, no quedó inmune al ascenso del movimiento de masas, El triunfo llevó al MFA a impulsar discusiones de adoctrinamiento en los cuarteles. Pero éstas no rebasaban los límites de la disciplina. En la entrevista ya citada de Gerry Foley se relata cómo un soldado fue sancionado porque se atrevió. a hacer, en el curso de una de esas charlas, una pregunta envenenada al comandante. Así y todo, significaron un progreso importante, porque introdujeron la discusión política en loa cuarteles.
Todo comenzó a cambiar desde enero de este año. Un clima deliberativo se extiende por la base, y junto con el rechazo a las arbitrariedades disciplinarias, las reivindicaciones colectivas y protestas no son extrañas. Señalemos también hechos como el ocurrido recientemente [el 8 de febrero] cuando fuerzas del COPCON -Comando de Operaciones del Continente- fueron desplazadas para contener una manifestación obrera no autorizada: enfrentados a los manifestantes los soldados dieron media vuelta apuntando sus armas en otra dirección, y levantando los puños gritaron Marineros y Soldados/también son explotados. (Romero, Revista de América N l.)
El ascenso generalizado de los trabajadores y el pueblo provocó una nueva división en la burguesía portuguesa. Un sector minoritario, representado por Costa Gomes, siguió jugando sus cartas a la Asamblea Constituyente, a la traición de los partidos Socialista y Comunista, y a la utilización del MFA. En resumen, al frente popular. La mayor parte, desesperada, perdió la paciencia y se lanzó tras Spínola a preparar el golpe de estado, en un renovado intento bonapartista.
El hecho de que el terror de la burguesía se reflejara también dentro de la oficialidad del ejército ayudaba al nuevo plan golpista. El New York Times comentaba, por esa época, que aquélla se inclinaba hacia la derecha. Un hecho sintomático le daría la razón: las elecciones a los Consejos de Armas, convocadas por el MFA, fueron ganadas por los oficiales más reaccionarios, enemigos jurados del propio MFA. Este se mostró incapaz de desconocer sus resultados, pese a que lo perjudicaban y a que constituían parte de la preparación del proyectado golpe.
El MFA comenzó a dudar sobre la mejor manera de frenar y derrotar a la revolución. Se le abrían dos opciones: por un lado, la que tendía -con la Constituyente- a un régimen parlamentario; por el otro, la perspectiva de un régimen directamente dictatorial, bonapartista. La urgencia en superar la crisis de su régimen lo inclinaba a tratar de suprimir sus contradicciones por la vía del bonapartismo.
La crisis general y las profundas diferencias en el seno del MFA, debidas al ascenso, se expresaron también en la lucha entre los partidos Comunista y Socialista. Lucha ésta que se fue agudizando hasta tal grado que llegaron a programarse para el 30 de diciembre dos manifestaciones opuestas que estuvieron a punto de enfrentarse. Las razones de esta disputa radican en que, si bien ninguno de los dos partidos defiende los intereses de la clase obrera (y en esto son iguales), ambos tienen intereses específicos distintos.
El curso a la derecha de la oficialidad, la derrota electoral del MFA dentro del ejército y su consiguiente impasse, la pugna entre los dos grandes partidos obreros, las dudas sobre el llamado a la Asamblea Constituyente, todos estos elementos hicieron creer al ala ultra reaccionaria y desesperada de la gran burguesía y de la oficialidad que había llegado el momento de la revancha. Acaudillada por Spínola se lanzó, por fin, al golpe contrarrevolucionario. Su ecuación era casi completa, pero le faltaba una incógnita, la reacción de la clase obrera, del movimiento de masas y de los soldados. Esta fue terrorífica, los obreros y soldados se lanzaron a ocupar fábricas y cuarteles. El fracaso del putsch fue estrepitoso, lo que llevó a la prensa imperialista a afirmar que posiblemente había sido una provocación. No fue así, tenía un gran apoyo en la oficialidad y había sido cuidadosamente preparado. Lo que conspiró contra su éxito fue la rapidez de la respuesta popular y su mayor combatividad, en relación al anterior putsch de Spínola. Si la Intersindical y las manifestaciones y barricadas caracterizaron la respuesta al primer putsch, los comités de obreros y soldados, con sus ocupaciones, caracterizaron la respuesta al segundo intento spinolista.
La derrota de Spínola por el movimiento de masas produjo una serie de nuevos hechos que, combinados entre sí, inauguraron una nueva etapa de la revolución portuguesa. Cuatro de esos hechos son los más decisivos:
Primero: la burguesía se esfuma política y físicamente corno clase. La fuga de Spínola no ha sido un hecho intrascendente, sino de enorme importancia sintomática y política. Junto con él se han fugado de Portugal miles y miles de burgueses, aterrorizados por la fuerza del movimiento de masas. Algunas de las más grandes familias oligárquicas y toda la banca fueron expropiadas. Grandes burgueses, como los Champalimaud, fueron encarcelados. Ha sido un golpe muy duro para la burguesía contrarrevolucionaria, del que le va a costar trabajo y tiempo recuperarse. Física y políticamente se ha esfumado por un tiempo de la escena económica y política. Só1o ha quedado su sombra.
Segundo: la crisis económica y social, ya muy aguda, se agrava hasta límites insoportables. La burguesía, al irse, ha abandonado muchas empresas. Cuando ha podido, ha retirado sus fondos; si no, ha dejado de invertir. La desocupación, que ya era grave -cerca del 7%-, ha trepado al 8% y sigue subiendo, afectando ya a 800.000 personas. La producción viene decayendo. A esto se suma el que comienzan a regresar a Portugal los colonos de las ex-posesiones africanas, agravando la desocupación y reforzando a los sectores contrarrevolucionarios. Ante esta situación, el turismo ha decaído y la crisis de la balanza de pagos se viene profundizando. La situación se ha agravado más aun porque las grandes potencias imperialistas no invierten un solo dólar en Portugal.
Tercero : se generalizan las ocupaciones de fábricas, establecimientos y casas y comienzan las de tierras; se desarrollan las comisiones obreras y de inquilinos y se esbozan algunas de campesinos. Todos los comentaristas han relatado cómo, después del putsch de Spínola, fueron ocupados los bancos. Romero, en sus diferentes artículos publicados hasta el No 4 de Revista de América, señala incidentalmente las ocupaciones de empresas y las comisiones obreras, pero no les da ninguna importancia sintomática. Horowitz, en su única mención al respecto en el artículo reproducido en esta edición, dice al pasar que las ocupaciones de fábricas y oficinas; también se extendieron . Livio Maitan, por su parte, también da escasa importancia a la cuestión, aunque algo (muy poco) dice: La amplitud y dinamismo de la movilización de los últimos meses, la multiplicación de huelgas y ocupaciones de fábrica y la extensión de organismos democráticos revolucionarios surgidos de la base y con manifestaciones políticas (...) del 7 de febrero (...) por las Comisiones Obreras . (L. Maitan, El papel del MFA de Portugal, en este número de Revista de América. Además de esto, el autor señala que la manifestación estuvo dirigida por los maoístas. Gerry Foley, por su parte, expresa que: los comités de fábricas no existen aún en todo el país, pero cumplen funciones importantes en las grandes empresas (...) El Comité Obrero, elegido en asamblea de toda la fábrica, representa mejor a la fuerza laboral que los sindicatos fragmentarios. Es también, mucho más democrático. Más adelante nos relata cómo, en Oporto, en la noche del 11 de marzo, estos comités organizaron piquetes de vigilancia. Estos comités y piquetes de la fábrica citada siguieron funcionando para echar a los derechistas de la administración y el taller. (Gerry Foley, Portugal ante las elecciones, Revista de América No 3) Combate Socialista en uno de sus números, sin darle ninguna importancia, nos informa de la profunda tendencia a la centralización de esas comisiones obreras, cuando consigna que existe una comisión coordinadora de las comisiones de CUF (el más importante grupo monopólico de Portugal). Y confirma a Livio Maitan en relación a la manifestación del 7 de febrero (a la que caracteriza como un ejemplo de combatividad), convocada. por una comisión interempresas . Finalmente, exagere o no el lúcido comentarista de Le Monde Diplomatique (junio 1975), está cerca de la verdad cuando afirma que Las ocupaciones de fábricas, predios, palacios e inmuebles ---estos últimos rápidamente transformados en clínicas populares, en centros de socorros mutuos, casas cuna, en lugares de recreación o de descanso o en sedes de organizaciones populares- han tomado por sorpresa a los partidos de la coalición [ ... ] sin embargo, el PCP y la Intersindical estaban perdiendo velocidad, mientras que las organizaciones y los comités de base consolidaban su contrapoder .
Cuarto: la crisis en el ejército adquiere una nueva magnitud, con la fuga de los oficiales reaccionarios, la extensión de los comités, y las asambleas de soldados y suboficiales, que comienzan a cuestionar a la jerarquía militar. De todos los nuevos hechos, el más importante es el que comienza a darse en las fuerzas armadas, así descrito a Gerry Folley por un soldado: Después del 11 de marzo los soldados realizaron una asamblea general. Echaron no sólo al comandante y segundo jefe, sino también a todos los oficiales spinolistas hasta el grado de sargento. También echaron a un cabo primero, aunque era primo del general. Galvao de Melo. Los camaradas comprendieron la necesidad de seguir adelante y tomar el cuartel. La asamblea general resolvió crear varios comités. (..) Con la purga - dice más adelante- fue quebrada la jerarquía militar, ya que los jefes expulsados fueron reemplazados por oficiales subalternos . En Coimbra, las bases habían echado a dos oficiales asignados al cuartel por el Conselho da Revolucao. En el mismo artículo de Gerry Folley (Revista de América, No 4) el soldado señala que en la Marina, donde la conciencia política de la base es más elevada, existe un comité de marineros que discute las órdenes emanadas de los oficiales, pudiendo aceptarías o rechazarlas . Y Romero (Revista de América No 4) lo confirma: El 1o de Mayo, algunos centenares de marineros de todas las graduaciones participaron en la manifestación, en acuerdo con lo resuelto en Asambleas generales de sus bases y algunos navíos -posteriormente, una orden superior ratificó la decisión tomada democráticamente-. Todos estos hechos indican la dinámica que ha tomado la situación dentro de las fuerzas armadas burguesas, Pero son sólo su comienzo; aún no se han generalizado ni llegado al punto cualitativo en que el ejército comienza el tránsito hacia su desmoronamiento total y definitivo: el nombramiento de los oficiales por los soldados mediante la promoción de los suboficiales. Junto con este proceso de base, la derrota del putsch dio al timorato MFA ánimos suficientes como para anular las elecciones a los Consejos de Armas que, como ya hemos visto, le habían sido desfavorables.
Tanto en relación a las ocupaciones como a las comisiones de fábrica y establecimientos, el Programa de Transición es categórico:
Las huelgas con ocupación de fábricas, una de las más recientes manifestaciones de esta iniciativa, rebasan los límites del régimen capitalista normal. Independientemente de las reivindicaciones de los huelguistas, la ocupación temporaria de las empresas asesta un golpe al ídolo de la propiedad capitalista. Toda huelga de ocupación plantea prácticamente el problema de saber quién es el dueño de la fábrica: el capitalista o los obreros. Si la ocupación promueve esta cuestión episódicamente, el comité de fábrica da a la misma una expresión organizativa (...) A partir del momento de la aparición del comité de fábrica, se establece de hecho una dualidad de poder. Por su esencia, ella tiene algo de transitorio porque encierra en sí misma dos regímenes inconciliables: el régimen capitalista y el régimen proletario. La principal importancia de los Comités de Fábrica consiste precisamente en abrir un período prerrevolucionario, ya que no directamente revolucionario, entre el régimen burgués y el régimen proletario. (Trotsky, Programa de Transición, Pluma, Buenos Aires, 1973, pág. 15, subrayado de Trotsky).
Como ya vimos, en Portugal no sólo tenemos ocupaciones y comisiones obreras por doquier, sino algo mucho más importante: la crisis de las fuerzas armados y los gérmenes de poder dual en su propio seno.
Para algunos marxistas, la situación portuguesa evoluciona o madura hacia una situación prerrevolucionaria . Creemos que esta definición es errónea. Hasta el 11 de marzo, hubo una situación prerrevolucionaria y, desde esa fecha, ha comenzado a madurar una situación revolucionaria, si es que no estamos ya plenamente en ella. Optarnos por la definición de Trotsky los comités de fábrica son un síntoma de que, como mínimo, se ha abierto un período prerrevolucionario, ya que no directamente revolucionario. Nosotros creemos que, si a las ocupaciones y comisiones agregamos la crisis en el ejército, con sus comités y asambleas de soldados y sus purgas de oficiales reaccionarios, estamos ya en una situación directamente revolucionaria. Y con más razón aun, si tenemos en cuenta la situación de la burguesía y de la economía portuguesas. Refiriéndose a sucesos de mucha menor magnitud en el seno del ejército francés en 1936, Trotsky les asignaba una importancia muy grande: La lucha de los soldados contra el rabiot (prolongación del servicio militar) significaba la norma de acción directa de las masas más peligrosa contra el poder burgués. (León Trotsky, ¿Adónde va Francia? , Ed. Pluma, Buenos Aires,1974, pág. 151.) Ahora bien, Trotsky consideraba a la acción directa de las masas causa de la situación revolucionaría: Las masas obreras crean ahora una situación revolucionaria con ayuda de la acción directa. (Op. cit., pág. 147.). Con mayor razón, entonces, la forma más peligrosa de esa acción.
A nuestra definición se le pueden señalar dos carencias: la inexistencia de soviets y del partido revolucionario con influencia de masas.
Creemos que la primera objeción da un carácter absoluto a la importancia de los soviets. Hay compañeros que hasta opinan que, si no existen, no hay poder dual ni situación revolucionaria. Concordamos con que en Portugal no hay más que mezquinos brotes soviéticos, ya lo hemos dicho; pero, hay un poder dual concretado en las ocupaciones y las comisiones obreras. Este poder dual es molecular, espontáneo en gran medida, pero existe y se da en forma generalizada en todos los rincones del país. Es un poder dual más atrasado que los soviets, pero poder dual al fin. Lo mismo podemos decir de la situación de las fuerzas armadas: no se organizaron soviets, pero el proceso es de desarrollo de un vigoroso poder dual, que está en sus primeros atisbos, pero que es suficiente para conmover la estructura del pilar fundamental del régimen capitalista.
La segunda objeción, referente a la no existencia del partido revolucionario, puede basarse muy bien en la definición de Trotsky, algunas veces repetida, sobre las cuatro condiciones básicas para el triunfo revolucionario: desconcierto y división en la clase dominante, vuelco a salidas revolucionarias de la clase media, disposición revolucionaria de la clase obrera, existencia de un fuerte partido marxista revolucionario que se plantee la toma del poder. Las tres primeras condiciones están nítidamente dadas en Portugal; pero la última, el partido revolucionario fuerte, no lo está.
Para el análisis clásico trotskista, la ausencia del factor subjetivo, el partido, en el marco de las otras tres condiciones, caracterizaba las situaciones prerrevolucionarias. Desde un punto de vista formal, la situación portuguesa entraría, pues, dentro de esta categoría. Esto es lo que probablemente hayan tomado en cuenta quienes definen la situación portuguesa como madurando a prerrevolucionaria.
Ahora bien, si razonamos así, serían situaciones prerrevolucionarias, con - diferencias sólo de intensidad, cuantitativas, tanto la boliviana del 52 (cuando se había derrumbado el aparato del estado burgués, el ejército había sido derrotado por la clase obrera y sólo existían las milicias armadas obreras y campesinas), la española durante la guerra civil, o la china al final de Chiang Kai-shek, por un lado, como, por otro lado, situaciones tales como la Argentina después del cordobazo o la francesa antes del 36, en las que no se dieron ni el armamento del proletariado, ni el surgimiento de organismos de poder dual, ni la destrucción o crisis del ejército burgués. Es evidente, sin embargo, que entre las tres primeras y las dos últimas se dan diferencias cualitativas, profundas, que quedan oscurecidas sí las agrupamos a todas bajo la común denominación de prerrevolucionarias. Argentina tras el cordobazo y Francia antes de 1936 son, para nosotros, situaciones prerrevolucionarias. Bolivia en 1952, España durante la guerra civil y China al final de Chiang Kai-shek fueron mucho más allá: son situaciones revolucionarias. No revolucionarias clásicas, porque en ellas falta el partido marxista revolucionario, sino revolucionarias sui generis.
Trotsky, en varias circunstancias, puntualizó que podían darse situaciones revolucionarias anormales que no se ajustaran a las condiciones clásicas. En un artículo premonitorio, titulado Qué es una situación revolucionaria dice:
No está excluido que la transformación revolucionaría general del proletariado y de la clase media y la desintegración política de la clase dirigente pueda desarrollarse más rápidamente que la maduración del Partido Comunista. Esto significa que puede desarrollarse una genuina situación revolucionaria sin un adecuado partido revolucionario. Sería la repetición en cierto grado de la situación de Alemania en 1923. (Trotsky, Writings 1930-193V, Pathfinder, New York, 1973, pág. 354, subrayado nuestro)
Es decir que, según Trotsky, cuando el peso de los factores objetivos se da en forma muy aguda, puede darse una situación revolucionaria aunque falte el partido revolucionario. Posteriormente, en forma elíptica, sin tocar directamente el tema, volvió a dar una nueva definición hipotética de la situación revolucionaria anormal. Al referirse a las posibilidades históricas de la instauración de gobiernos obreros y campesinos constituidos por los partidos reformistas pequeño burgueses, señaló que ello podía darse como consecuencia de la guerra, derrota, crack financiero, ofensiva revolucionaria de las masas, etc. (Programa de Transición, ídem, pág. 33) Estas condiciones y otras no señaladas podían, pues, originar una situación que condujera al gobierno obrero y campesino, revolucionario, antesala de la dictadura del proletariado, sin la condición del partido marxista revolucionario.
En Portugal tenernos reunidas y sobrecargadas las condiciones de una situación revolucionaria, según nosotros sui generis, tal cual fue prevista por Trotsky. Hubo guerra y derrota ; hay crisis económica y una ofensiva revolucionaria de las masas así como una transformación revolucionaria general del proletariado y la clase media y la desintegración política de la clase dirigente .
Esta posibilidad de constitución de gobiernos obreros y campesinos, que Trotsky consideraba muy remota -aclaremos, al pasar, que porque creía, entre otras cosas que en los países occidentales la revolución llegaría inmediatamente después de la guerra-, fue la constante en la segunda postguerra. Las revoluciones china, indochina, coreana, cubana, siguieron esas pautas. Ello nos llevó a sostener que se trataba de situaciones revolucionarias sui generis, que no concordaban con el esquema clásico. Hicimos un esfuerzo por definir esta nueva situación revolucionaria y señalamos que estaba caracterizada por el hecho de que los factores objetivos señalados por Trotsky adquirían un carácter permanente, crónico. En nuestra opinión, las situaciones revolucionarias que hemos visto en esta postguerra han sido provocadas por el enorme peso de la situación objetiva. Fundamentalmente, por una crisis económica y social de carácter crónico que llevó a las masas pequeño burguesas a un ascenso revolucionario muy agudo y obligó a sus partidos a romper con el imperialismo y los terratenientes, volcándose a una guerra de guerrillas que destruyó el abarato represivo del régimen burgués. Es un enfoque diametralmente opuesto al del guerrillerismo guevarista, para el cual la situación revolucionaria es desencadenada esencial mente por un factor subjetivo, el grupo guerrillero o la vanguardia armada que da ejemplos heroicos a las masas.
La situación internacional ayudó o facilitó la guerra de guerrillas de los partidos pequeño burgueses. La guerra ínter imperialista, la crisis y reconversión del imperialismo durante la inmediata postguerra y la guerra fría permitieron a esos partidos contar con un extenso campo de maniobras y los pusieron frente a una contrarrevolución